ALFONSO LESSA
Todavía tengo la huella de la aplanadora", comentaba señalándose el cuerpo, con ironía aunque amargado, un importante dirigente socialista, pocas horas después del Plenario Departamental que designó a la comunista Ana Olivera como candidata única del Frente Amplio a la Intendencia de Montevideo.
Su comentario sintetizaba el estado de ánimo de los socialistas que consideran que el modo en el que se definió el tema no tiene precedentes en la coalición de izquierda. Hubo incluso, algunos comentarios de dirigentes socialistas de primer nivel reclamando públicamente explicaciones.
Y es que si algo dejó en claro la elección de Olivera, es que formó parte de una estrategia para bloquear la postulación de Daniel Martínez. No de otra manera puede entenderse el hecho de que durante semanas se haya insistido sobre las virtudes de Carlos Varela, las que explicaban -según sus promotores- por qué debía ser candidato en lugar de Martínez; y que sin embargo en cuestión de horas, Varela se bajara de la precandidatura para dejar su lugar a Ana Olivera.
Parece claro que hubo quienes pensaron que la Intendencia capitalina era un escenario con mucho potencial para Martínez, en su eventual carrera a la candidatura presidencial del 2014.
Como contrapartida, hay quienes consideran que Martínez se apresuró en la promoción de su candidatura presidencial; y que igual error habría cometido ahora.
La "aplanadora" no es algo nuevo en la izquierda: es un término que se ha usado habitualmente en un pasado no demasiado lejano incluso en el sindicalismo, cuando se ponían en marcha las mayorías para imponer sus decisiones. Ocurre, sin embargo, que la aplanadora ha ido cambiando de conductor y también de víctimas.
El propio socialismo, por ejemplo, formó parte de la "aplanadora" cuando tocó el turno de impulsar la candidatura de Tabaré Vázquez por sobre la de Danilo Astori.
El bloqueo de la postulación de Martínez no constituye una mera anécdota, pero más allá de lo puntual dejó nuevamente en claro algunos temas pendientes resolución del Frente Amplio, que con el paso del tiempo se vuelven más complejos. En primer lugar, la existencia de una estructura pensada para otro tiempo, que no representa el pensamiento del conjunto de sus votantes, sino el de los grupos más militantes. Eso quedó claramente expresado en las recientes elecciones presidenciales, cuando las mayorías del Congreso estuvieron muy lejos de lo que votó la gente en las internas y en octubre.
Y por otra parte, la idea del candidato único, un principio casi religioso para algunos miembros de la coalición que sin embargo ha sido dejado de lado en departamentos del Interior, dónde se ha entendido que la competencia interna puede ser positiva. Y de la mano de estos dos aspectos, exigencias tan altas para la designación de candidatos, que en los hechos hacen casi imposible una segunda o tercera postulación, como sí admite la Constitución a través de las convenciones electas por la totalidad de los votantes de los partidos y no por los más militantes.