Frágiles democracias

Los últimos episodios en Venezuela y en Bolivia son un grave golpe a la democracia en el continente. La renuncia del vicepresidente y de dos ministros y las manifestaciones de la oposición ante un nuevo cierre de medios de prensa no adictos a la revolución bolivariana, con muertos y heridos, están siendo utilizadas por el presidente Chávez para operar una radicalización de su régimen en un sentido más autoritario. En Bolivia, quien fuera candidato a presidente y obtuviera un 26% de apoyo en las últimas elecciones frente al 64% de Evo Morales, Manfred Reyes, tuvo que huir del país para evitar caer en prisión por denuncias de corrupción. Se escondió primero, logró salir al Perú luego, para finalmente emigrar a EE.UU..

Latinoamérica está enferma de falta de democracia. Por estas latitudes confundimos fácilmente un sistema democrático de gobierno con que efectivamente se verifiquen elecciones de gobernantes. Como el pueblo vota, es decir que se asegura la necesaria legitimidad de origen del gobernante, entonces se cree que se vive en democracia. Ya no hay golpes de Estado como antes en Latinoamérica, se alega. Con razón se recuerda que crisis institucionales tan severas como la de 2001 en Argentina o la de estos últimos dos años en Bolivia no se han concluido por golpes militares, como previsiblemente habría ocurrido a lo largo del siglo XX en situaciones similares en ambos países -y en tantos otros de la región-.

Sin embargo, el sistema democrático no es solamente votar en elecciones periódicas. La democracia liberal se forja sobre bases de pluralismo -elección de autoridades entre varias opciones políticas-, respeto de libertades individuales, respeto por el Estado de derecho y posibilidades de control ciudadano sobre las políticas de gobierno que, definitivamente, están mayoritariamente ausentes del panorama regional. De forma general, en nuestro subcontinente se falla gravemente con relación a la necesaria legitimidad de ejercicio de los gobernantes, que lejos están de ajustarse al imperio de la ley de forma sistemática.

En este sentido, hay mecanismos y lógicas que funcionan mal en la mayoría de los países de la región. A modo de imperfecto inventario: independencia del poder judicial; control efectivo del poder legislativo sobre el accionar del ejecutivo; consolidación de un entramado de instituciones de regulación con independencia técnica, fines específicos definidos y legitimidad democrática indirecta -banco central, controles de constitucionalidad, controles del mundo audiovisual, etc.-; rendición de cuentas efectiva de la gestión de los gobernantes a la ciudadanía.

La mayoría de los países sudamericanos han enfrentado en estos años, además, proyectos de reforma constitucional -en algunos casos aprobados- que buscaron instaurar una reelección presidencial que, en nuestro subcontinente, responde a lógicas de acumulación de poder bien distintas a la reelección presidencial que se verifica en la envidiablemente equilibrada constitución de Estados Unidos. Responde, en síntesis, a lógicas políticas e institucionales no democráticas porque van contra la división de poderes.

Echar un vistazo desapasionado hacia nuestro subcontinente alcanza para concluir, con una sonrisa comprensiva hacia nuestra pintoresca situación, que vivimos folclóricamente en tiempos pasados.

Nuestras frágiles democracias latinoamericanas precisan acercarse a prácticas y definiciones institucionales que fortalezcan el pluralismo y la libertad ciudadana. Hay un grave divorcio entre la exigencia democrática moderna y la sensibilidad democrática sudamericana.

La imagen de Chávez en abril de 2009, cuando entregó, reivindicativo, un ejemplar de "Las venas abiertas de América Latina" de Galeano al presidente Obama, ilustra con sencillez ese divorcio. Y la respuesta de Obama, que con gentileza recordó que él apuesta a construir el futuro y no a discutir el pasado, dio cuenta, con elegancia y sencillez, de lo lejos que está el populismo latinoamericano de entender el signo de los tiempos del siglo XXI.

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