SEBASTIÁN AUYANET
Haití es un pequeño país caribeño que está por debajo de los límites de la pobreza y hoy un territorio con su capital vuelta un pueblo fantasma, entre polvo, muerte y escombros.
La palabra "sismo" o "terremoto" no permiten siquiera llegar a graficar la magnitud de lo que pasó en Haití el martes 12. "El mundo se volvió un animal enfurecido que se sacude la tierra", dijo el ingeniero uruguayo Alejandro Gómez, que en ese momento estaba trabajando en una dependencia del BID en Puerto Príncipe, la capital.
El científico Roger Searle lo define con más claridad: fue veinticinco veces más potente que la bomba de Hiroshima. En algunas zonas, el sacudimiento duró unos sesenta eternos segundos.
Quince minutos antes del sacudimiento, Gómez rellenaba un formulario con datos sobre el país. No había llenado el casillero referente a sismos porque hacía dos siglos que en Haití no se registraban eventos de ese tipo. Al rato, la ciudad era un auténtico caos, con sus edificios -la mayoría pertenecientes a épocas coloniales- derruidos. "Es como si explotara medio millón de toneladas de TNT", agrega Searle.
No era que las autoridades de Haití no supieran que el riesgo existía. Científicos investigan desde 2003 esa falla, aunque, explican, el rompimiento podría haber sucedido en uno o cien años. Con esas previsiones y las urgencias sanitarias y alimenticias del país, Haití no podía permitirse un plan de fortalecimiento de sus estructuras edilicias. La foto del estadio de fútbol donde hace poco tiempo desembarcó el seleccionado de Brasil con sus estrellas para jugar ante la selección local a beneficio, habla por sí sola. El campo de juego está tapado por carpas.
Y no sólo Haití choca frente a la peor crisis de su historia, sino que también la comunidad internacional lo hace. Entre 100.000 y 200.000 estarán cifradas las bajas de la catástrofe, pero ya avisan las autoridades que nunca sabrán el número exacto. "Al contrario de Indonesia (donde ocurrió el tsunami en 2004), en Haití quedan muy pocas estructuras locales para canalizar la ayuda extranjera. Por si esto fuera poco, el aeropuerto trabaja sin controladores aéreos ni señalizaciones, con lo cual la opción es bajar en el colapsado aeropuerto de Santo Domingo al otro lado de la frontera, en República Dominicana. Varias personalidades del gobierno se encuentran desaparecidas, con lo cual la toma de decisiones para cuestiones como por ejemplo la canalización de ayuda, es mucho más complicado de resolver con coherencia.
"Las calles huelen a muerto, no tenemos ningún tipo de ayuda y nuestros niños no pueden vivir como animales", afirma una madre que paga el doble para subirse a un ómnibus y abandonar esta ciudad donde la idea de fin del mundo es bastante más tangible que en las ficciones.
"Esta es mi cama, esta es mi casa ahora", decía otro haitiano que no tenía dinero siquiera para pagarse ese pasaje.
Eso tampoco será una opción por mucho tiempo, ya que además comienza a escasear el combustible para movilizarse. Es apenas una de las carencias que tiene el país, que ya comienza a sufrir los saqueos y el reclamo enfurecido de agua y provisiones, toda vez que los haitianos se van enterando de la ayuda humanitaria que va llegando al país.
"Desde la primera noche se escuchan tiros", dijo otro de los ciudadanos.
Los reportajes de los medios que tienen enviados en el lugar hablan de desinformación y repiten el perfil de los ciudadanos haitianos: gente que no sabe dónde ir, por dónde caminar y qué hacer en medio de los cuerpos que se amontonan.
No se salvó casi ningún edificio. Ni siquiera las dependencias de la ONU resistieron la ruptura que originó un movimiento de 7.0 en la escala Richter. Naciones Unidas perdió a 16 de sus empleados y, en medio de las tareas de remoción para encontrarlos, tiene que diseñar una estrategia de recuperación.
"Es el momento de que Estados Unidos ejerza su liderazgo", dijo Barack Obama desde Washington. El presidente de EE.UU. donó US$ 100 millones y, además, no deportará a los residentes no regulados haitianos en los próximos 18 meses y les concederá un permiso inmediato de trabajo, aunque cualquier inmigrante que intente ingresar a EE.UU por cualquier medio será devuelto a su país. Además, mandó a 10.000 soldados a la isla y a tomar el control del aeropuerto. Otros 29 países también ofrecieron ayuda, pero el problema, de nuevo, es la falta de organización para proveerla. Tras la semana, queda la sensación de que nadie sabe cómo encarar semejante desastre.
Haití, sacudido por el peor terremoto en dos siglos
No hubo personaje de la semana que concentrara más la atención mediática que el terremoto de magnitudes catastróficas que azotó al país caribeño, uno de los más débiles en lo económico de toda esa región. Las bajas ya cruzan el umbral de los 50.000 y los heridos sobrepasan los 250.000. Además, 1,5 millones de personas quedaron, literalmente, sin hogar. Resulta paradójico que, a pesar de que está ubicado sobre una falla importante, el sacudimiento se haya ensañado sólo con este país que hoy tiene en Puerto Príncipe una capital fantasma, y donde ahora comienza la segunda fase a contener: la de las enfermedades y los saqueos. Una comunidad internacional se despierta a la realidad de que Haití va a necesitar más ayuda de la que se ofrece mientras el tiempo de varias vidas humanas se va agotando.