A. LALUZ
Para Horacio "Chango" Spasiuk (1968) el acordeón es su (virtuoso) pasaporte al mundo. Y también el medio para recoger elementos de la tradición europea oriental que aún perviven en la vasta región chamamecera -y que incluye como un punto neurálgico a su Misiones natal-, para ponerlos en fértil dialéctica con el mapa musical actual. Así se ha constituido en uno de los referentes de la música argentina, aunque su obra, plasmada en los nueve títulos de su discografía o en sus varios trabajos para teatro, televisión y cine, no goce (para bien) del efímero entusiasmo de la vidriera mediática.
Por todo eso, y por el inalienable placer de escuchar buena música, su nueva visita a Uruguay reviste un interés especial. Mucho más si es por partida doble: hoy y mañana en el Escenario Fattoruso de Medio y Medio, en Punta Ballena. Dos oportunidades para descubrir, entre otras porciones de su repertorio, las piezas de su hasta ahora último trabajo discográfico, Pynandi: Los descalzos (2008). Un álbum surtido de imágenes entrañables donde habitan los paisajes de su infancia misionera enlazados con diseños formales de transparente factura, alimentados con acústicos ensambles de acordeones, guitarras, voces, percusión y violín. Como él mismo lo ha comentado: "Ese paisaje está dentro de mí (...) es eso con lo que uno convive todo el tiempo", y por efecto de la gravedad simbólica atraviesa cada una de las frases de Viejo caballo alazán, Tierra colorada, La ponzoña, El camino.
A esta producción, que bien podría pensarse como una síntesis estilística, Spasiuk llega luego de cinco años de búsqueda y otros proyectos creativos e interpretativos. Y por esa condición de síntesis, Pynandí se ve atravesado no sólo por la memoria personal, sino también por trabajos como Tarefero de mis Pagos (2006) o Chamamé crudo (2004), Polcas de mi tierra (2004), Bailemos y... (1990).