Francisco Faig
La historia del Partido Nacional está llena de elecciones perdidas. Hay una cultura blanca hecha de la reivindicación de la derrota, melancólica a veces, romántica siempre, en la que se destaca el valor de la perseverancia personal y partidaria a pesar de los recurrentes fracasos.
Pocas veces la gloria del triunfo enamoró a los blancos. Iniciado el camino de unión en 1954, ese fue el sino de la victoria del 58, que perduró en la conciencia partidaria hasta la campaña de Ferreira en 1971. Por esos años el Partido Nacional se sintió real opción de gobierno. Enamoró para ganar. Igual que en 1989, con la campaña blanca y la victoria de Lacalle.
Los resultados de 2009 han reavivado la pasión derrotista. Constatado el alejamiento del poder por diez años, legítimamente vencidos por el más fiero de los adversarios, los espejos de la Historia reproducen los conocidos escenarios de un partido sempiternamente opositor, pero conforme consigo mismo.
Asoma el gesto autocomplaciente; la justificación conocida; la tranquilizadora explicación de un partido cuyo siglo XX fue forjado por el tanatos del fracaso, lejos del eros del ejercicio del poder; y la resignación frente a la empresa totalizadora frenteamplista que construye el país.
Pero en este siglo XXI el espacio de la derrota viene siendo compartido con el Partido Colorado, otrora vencedor de tantas lides. Salvo que ningún colorado comparte el tosco y romántico idealismo blanco. La nueva estructura política binaria del país no puede ser leída, entonces, con los lentes del pasado.
El país no puede aceptar el escueto reflejo derrotista blanco como principal actitud frente al gobierno de la izquierda. Precisa de la construcción de una alternancia creíble que abarque a todo el espacio de la no izquierda, de raigambre liberal y republicana. Porque esa alternancia posible y desafiante fortalece a la democracia y exige una mejor gestión gubernativa, tan necesaria al desarrollo nacional.
Hay que romper moldes y generar lógicas políticas distintas. Construir una concertación de partidos tradicionales que busque los acuerdos de fondo y se beneficie de las reglas electorales en lo municipal, acumulando votos. Que acepte de entrada, que para llegar al poder, habrá que aceptar compartirlo luego con el otro partido. Y que asuma cabalmente la modernidad y unicidad de un discurso liberal y republicano, con matices de tradiciones y propuestas distintas -batllistas, herreristas, wilsonistas y riveristas- que enriquecen al conjunto.
Permanecer rígido dentro del actual esquema es ceder a la tentación de enamorarse de una derrota que, esta vez, parece querer extenderse por varios lustros. Es convertir la esencia del partido político, que es alcanzar el poder, en la anécdota que disgusta, y creer que así se cumple con Saravia. Es congratularse de la convalecencia por temor al ejercicio real de las más altas responsabilidades políticas.
No hay que dejarse enamorar por la derrota. El país y la Historia reclaman otra cosa.