Hernán Sorhuet Gelós
El distanciamiento y desconocimiento de los ambientes naturales que produce la vida citadina, quizás sean las razones principales de la miopía que padece la sociedad acerca de la esencialidad de la conservación para construir el mejor futuro posible.
Ni siquiera hemos logrado incorporar en nuestra comprensión de la realidad que hablar de conservación significa pensar en gestionar con inteligencia el medio, utilizando los recursos de manera racional y asegurando su permanencia para las generaciones venideras.
A muchos tomadores de decisión todavía le rechina el término porque continúan amarrados a férreos anclajes construidos pacientemente a lo largo de la época de oro de la revolución industrial.
Sin embargo, los retos que la vida actual le plantea a una humanidad en constante crecimiento, tienen que ver con su propia supervivencia, aunque pueda sonar alarmista.
El planeta parece achicarse. Los avances del conocimiento humano nos advierten la importancia esencial de los ciclos naturales (agua, aire, suelo, diversidad biológica), los cuales van mucho más allá de su trascendencia para la producción y el desarrollo, involucrando la salud y el bienestar básico de los seres humanos y demás formas vivientes.
Una de las estrategias de conservación utilizadas en todas partes es la creación de áreas naturales con diferentes niveles de protección. Significa un punto de partida en el reconocimiento de que los ecosistemas, las especies y los genes que conforman la biosfera cumplen un papel trascendente, aunque aún muy poco conocido.
El sentido común nos indica que debemos mantener amplias áreas del planeta en una situación tal que permita la continuidad de los ciclos naturales y procesos evolutivos -que son determinantes del sustrato biológico y ecológico del planeta Tierra. Como si fuera una especie de seguro de vida para la humanidad, esta precaución pretende reservar áreas de reconocido valor ecológico y riqueza en diversidad biológica, fuera del alcance de la expansión avasallante de la sociedad humana en materia de producción, explotación y urbanización.
No olvidemos que nuestra generación tiene una responsabilidad superlativa en materia de conservación de la naturaleza, pues como nunca antes en la historia de la humanidad, de las decisiones que estamos tomando dependerá qué ecosistemas, especies y genes conocerán y disfrutarán nuestros descendientes.
Es responsabilidad de toda la sociedad respetar y cuidar las áreas naturales protegidas. No podemos descansarnos en que un ministerio o las intendencias harán el trabajo. Se trata del patrimonio de todos. Pero está ampliamente demostrado que solamente se valora, respeta y quiere lo que se conoce. Por eso, es un acierto el lanzamiento de la serie "Áreas Protegidas del Uruguay" que está realizando El País, porque contribuye a la divulgación masiva de este tema trascendente para el presente y futuro de este país.