Sebastián Da Silva
La actuación de la selección uruguaya en Sudáfrica ha provocado varios y saludables efectos, empezando por la identificación de todo un país tras de la camiseta celeste. Algo parecido, aunque en otras circunstancias y otro deporte, de los que cuenta Clint Eastwood en "Invictus".
Este plantel mundialista no es un equipo de rugby, pero lo parece, no sólo por lo que meten, sino porque no existen las estrellas individuales, el que existe es el equipo.
Como en la película, el mundial se juega en Sudáfrica, y como pocas veces en la historia del país, su población recuperó un orgullo y una unidad que parecían perdidos.
Este campeonato dejó varias conclusiones. Pone en un lugar de privilegio a la generación del entorno de los 20 años. Estos pibes están viviendo lo que nadie salvo los sexagenarios disfrutaron en Uruguay. No se tuvieron que fumar las internas de los Cubilla versus Casal, no tuvieron el pecado de ilusionarse con aquellos "consagrados" que la gastaban en Europa y cuando jugaban para la selección lo único que priorizaban eran los premios. No miraron por la tele ni los seis goles de Dinamarca ni cuando nos echaron a Batista a los 40 segundos de un partido de fútbol.
No tienen idea del significado del "matemáticamente tenemos chance", ni del termino repatriado. Son parte de la misma generación que promedia la edad de la selección de los muchachos en Sudáfrica, una generación que se mira en espejos de su misma edad, en Agarrate Catalina, en los festivales de Rock de Durazno, en Federico Álvarez el director que está en Hollywood por el video colgado en You Tube, o en cualquier diseñador de ropa que hoy vive de un oficio inesperado para la grisácea concepción de vida uruguaya. Hoy los ingenieros agrónomos egresan de sus centros de estudio conociendo de agricultura satelital, los arquitectos se presentan y ganan concursos por Internet, y los contadores auditan empresas en todo el orbe.
Por eso no les extraña que Forlán se comunique con la hinchada por Twitter, algo que para el recordado "Dr. Casco" de Estadio Uno llegaría casi al grado de un sacrilegio superficial. Capaz que por eso tuvimos en este mundial alguna pieza publicitaria contestataria a lo que dicen es nuestro estilo de vida. Los comerciales de una tarjeta de crédito y el auto bombo de Gorzy son caras de una misma moneda que quiere reflejar que también se puede ser bien criollo, cambiando en algo nuestra venerada parsimonia. El mes del Mundial dejó, mucho orgullo, mucha identidad, mucha unidad, y un aire de respiro que tuvo repercusiones hasta en las más altas esferas de la política. Hoy siguen integrándose la oposición a los entes públicos, el puente de Fray Bentos esta liberado y los dirigentes de Peñarol y Nacional salen abrazados en los informativos.
Aprovechemos este envión logrado por 11 tipos corriendo atrás de una pelota, para beneficio de toda esa gente que salió a festejar aun perdiendo, sólo por el hecho de haberse visto reflejada no por el mito de la garra charrúa, sino en el espíritu de lucha y humildad que pusieron Tabárez y sus muchachos. Verdadera virtud uruguaya.