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Juan MartÍn Posadas
Estos días está en curso un campeonato mundial de futbol. ¡Si lo sabremos! Un campeonato en el cual Uruguay, viejo campeón desplazado hace años a la miseria futbolística, ha vuelto a figurar. El hecho ha suscitado un estremecimiento del ánimo colectivo. Siendo todo eso así es de presumirse que la atención disponible para un artículo sea más bien escasa. Pero no demos lugar al desaliento.
Es un hecho comprobable que la performance del equipo uruguayo ha despertado un sentimiento colectivo que no se veía hace años. Las exteriorizaciones de pasión colectiva que entre nosotros tenían lugar en los últimos tiempos no referían a la nación, a la patria, o a un nosotros más abarcador y sin distinciones; eran -las pocas que había- manifestaciones partidarias, políticas o gremiales, con pretensión de representar o de interpelar el bien común y el sentido nacional pero parciales, marcando preferenciales y excluidos. La camiseta celeste, en cambio, está recibiendo y provocando una corriente de adhesión general.
Un pueblo, una nación, se reconoce a sí misma en tanto colectividad mediante los imaginarios colectivos. Estos imaginarios colectivos que los uruguayos hemos confeccionado como señal y soporte de nuestro ser nacional han sufrido, durante los últimos años (muchos años) resquebrajamiento y desgaste. Es notorio que el fervor volcado en las fiestas patrias, en los símbolos (bandera, himno, escudo, etc.) promovía un sentimiento cada vez más tibio, casi vergonzante. Este otro símbolo, la celeste, está teniendo un efecto revitalizador; no tengo recuerdo fresco de tanta bandera en los balcones.
Las capacidades de un colectivo nacional de intervenir en su propio desarrollo dependen, entre otras cosas, de la imagen de sí misma que esa sociedad se dé. La autoimagen de perdedores (o de aspirantes al empate perpetuo, o que consideran honroso un cuarto puesto) produce un efecto social. Esto es indiscutible. Quiérase o no los resultados futbolísticos influyen y han influido en la imagen que hemos construido de nosotros mismos.
Una sociedad que no dispone de un imaginario poderoso del Nosotros Nacional no se siente con fuerzas para intervenir en el tipo de país que quiere (o el que aguanta o no aguanta más). Quizás emita (o aplauda) discursos altisonantes, pero siempre terminará aceptando decisiones de pusilanimidad. En cambio, en la medida en que realizamos (o nos identificamos) con experiencias exitosas, estamos mejor dispuestos a sostener un nosotros más vigoroso.
Lo que está sucediendo en Sudáfrica por ahora no es tanto si se compara con lo que nuestro país pudo hacer 50 o 70 años atrás, (cuando su autoestima estaba bien cimentada no sólo en lo deportivo sino en el nivel de su educación, de su civismo, de su libertad). Pero sube de categoría y es monumental si se compara con los resultados del país real que puede recordar o invocar cualquier compatriota de menos de 60 años. Esperemos que las victorias sigan y que el sentimiento colectivo hacia la celeste ayude a vigorizar la precariedad del patriotismo y el desarraigo afectivo con nuestra democracia republicana que veníamos arrastrando.










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