Sugerencias educativas

La educación sigue presentándose como un tema prioritario en la preocupación de los uruguayos. En ese sentido, no pecamos de originales porque, en todo tiempo y en todas las latitudes, la educación fue y será centro del interés de cualquier sociedad. Educar es, etimológicamente, guiar, conducir, y resulta obvio que todo grupo humano -llámese familia, tribu, nación o civilización- trata de conservar su identidad educando, es decir, guiando a las jóvenes generaciones hacia la consecución de ciertos objetivos fundamentales que tienen que ver con su propia permanencia, con la fidelidad a sí mismo.

De lo cual se infiere que no puede existir sociedad -no importa su tamaño o significación- que no considere a la educación que imparte como una garantía de supervivencia. Se puede educar en destrezas y generar, así, una sociedad cazadora o agropecuaria o industrial. O, al mismo tiempo, y con otros segmentos sociales, se pueden formar guerreros o gobernantes, religiosos o artistas. Platón decía que, mediante la educación, era posible desarrollar cualquier actividad o forjar cualquier tipo de personalidad.

¿Acaso la educación temprana no hace nacer un fuerte sentimiento patriótico y la devoción por el himno y la bandera, o la adhesión a una creencia?

¿Acaso, por su intermedio, no nos identificamos con un territorio determinado -aunque no lo conozcamos enteramente-, con sus leyes, con la organización del Estado y con el ejercicio de sus derechos? Nada de esto nos viene a través de la cuna sino con la educación que nos imparten nuestros mayores, nuestro entorno y una tradición (esto es, una trasmisión o entrega) que se "mama" diariamente.

Entonces, ¿por qué no aprovechar ese eficaz mecanismo para inculcar a nuestros niños y jóvenes una serie de valores que fortalecerá a nuestra sociedad porque dará lugar a relaciones más armoniosas creando individuos equilibrados, seguros de sí mismo, respetuosos, competitivos y solidarios a la vez?

¿Por qué no desarrollar en ellos todas las virtualidades que tendrán íntima relación con el éxito en la vida y con el progreso nacional? No se trata de crear un "hombre nuevo", como pretendieron los regímenes marxistas liberticidas, sino un hombre representativo de los valores esenciales de nuestra cultura.

Más allá del mayor o menor presupuesto que invirtamos, ¿por qué no poner énfasis en la práctica de la vida natural, en el rechazo de las adicciones, en la defensa del medio ambiente y en la condena de todas las formas de violencia, criminalidad e injusticia? ¿Por qué no reconocer el mérito de quien triunfa por sus virtudes y talentos? ¿Por qué no exaltar en las aulas, cotidiana y permanentemente, la libertad, los principios éticos, la moral pública y privada, la tolerancia con las ideas -no con todas las conductas?

Cada vez que se proyecta reformar la educación vigente se pone en marcha un desafío. Pero no hay que olvidar que, por encima de la tiza, el pizarrón, los mapas didácticos y las diapositivas o de las inmensas posibilidades que ofrece la informática de nuestro tiempo, está el individuo, la persona a la que esas novedades están destinadas. Y que el verdadero instrumento de desarrollo se encuentra en el maestro y el profesor, educadores que conducirán y guiarán hacia metas que siempre deberán tener bajo su subordinación a los elementos tecnológicos puestos a su servicio, y no a la inversa. Pensemos que los países más desarrollados y ricos, los que disponen de todo lo posible para educar con eficacia -locales, alumnos bien alimentados y vestidos, medios auxiliares, buenos salarios, etc.- no han podido evitar ni las guerras ni los conflictos sociales ni la violencia interna ni el racismo ni la xenofobia, entre otros males. Confucio, Buda, Sócrates, Jesús, Mahoma y tantos otros guías espirituales sólo dispusieron de su palabra y de su personalidad para dejarnos un legado que sobrevive a los milenios.

Los modernos medios electrónicos son necesarios, poseen inmensas ventajas que los hacen ineludibles; sin embargo, no nos encandilemos porque también los teléfonos y los celulares facilitan las comunicaciones pero ello no implica que mejoren la conversación.

No aspiremos sólo a insertar al estudiante en el mercado laboral: pensemos, igualmente, en dotarlo de valores morales, de que sea capaz de encarar responsabilidades y de que asuma sus derechos y sus deberes, que cultive una ética del trabajo y que desarrolle su iniciativa y su creatividad. ¿Es mucho pedir?

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