JAVIER GARCIA
La instalación del parlamento fue una ceremonia formal, constitucional y esta sí, austera. Sin empresarios financiando cosas que no deben, ni nadie pidiéndoles que lo hagan. Otro 15 de febrero, éste, veinticinco años después de aquel torrente de alegría que recorrió el Uruguay en 1985, luego de la larga oscuridad.
Los discursos de buenas intenciones, que en estas ocasiones se pronuncian, serán anécdotas dentro de 5 años. Para el Legislativo lo importante es que el recuerdo no sea la fiesta de asunción sino el último día de su gestión, por haber cumplido una actividad digna y haber dejado al país un poco mejor que el primer día. El parlamento tiene un desafío particular y es el de recobrar su independencia como Poder del Estado. No es poca cosa recobrar la razón de existir.
Estos últimos cinco años Uruguay, en los hechos, funcionó con dos poderes: el Ejecutivo y el Judicial. Habitualmente, y con razón, se reclama por la independencia de este último, como si fuera el único que debiera tenerla y reivindicarla.
La característica de cada uno debe ser la independencia, que se pierde cuando alguno de ellos se somete al imperio de otro, generalmente al Poder Ejecutivo. Es la tentación de los gobiernos sobre el Poder Judicial, no solo en Uruguay, y fue lo que pasó en este período con el parlamento que fue sometido a la jurisdicción del Poder Ejecutivo. La mayoría absoluta que tuvo el oficialismo se entendió como la llave que tenía el Ejecutivo para disponer que el Poder Legislativo simplemente se remitiera a homologar las iniciativas del Presidente.
Reiteradamente legisladores del FA debieron callar sus opiniones y levantar sus manos para refrendar propuestas que no compartían. Un aislado episodio en la última semana de actividad de la anterior legislatura llamó la atención y fue que se levantara un veto del Ejecutivo por unanimidad, fue la excepción que confirmó la regla.
Un Parlamento como Poder del Estado, o como extensión del Ejecutivo, es una diferencia institucional no menor. Reivindicamos la independencia de la Justicia y cabría igual reclamo por el Legislativo.
Cuando el Poder Legislativo simplemente se remite a votar con mano enyesada las iniciativas del Ejecutivo, deja de existir. Es más, el FA mientras fue oposición impulsó decenas de comisiones investigadoras, cosa que le negó a la oposición sistemáticamente dándole cobertura al Ejecutivo.
Las dictaduras tienen presidente, pero nunca Parlamento. Es la grifa de la democracia, si el parlamento molesta es porque la democracia vive.
Si es verdad, y queremos que así sea, la voluntad de acuerdos entre los partidos expresada el día de inicio de la legislatura y proclamada por Mujica, esto debe verse en los hechos y va a significar que el Legislativo retome su autonomía y no solo sea una polea de transmisión del Ejecutivo.
Significará, quizás, dilatar algunas aprobaciones en vez de los yesos rápidos y mecánicos, pero los acuerdos cuando se logran construyen políticas duraderas y de más calidad. Por ahora son todos discursos, primero, como el refrán, hay que fritar la grasa y después ver cuántos chicharrones quedan.
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