Una lección

La semana pasada el presidente electo de Chile, Sebastián Piñera publicó un artículo en varios medios bajo el título de "unir y no dividir, la lección de Chile". Allí comienza recordando que cuando los países se enfrascan en interminables y estériles luchas fraticidas terminan por arruinar su futuro.

Eso pasó en Chile entre los años 60 y 70, cuando se hicieron ruinas la democracia, la economía y muchas cosas más. La oposición entendía su rol como "negarle la sal y el agua al gobierno". Pero Chile aprendió su lección, y generó una democracia de los acuerdos que permitió una transición pacífica, ejemplar, que abrió camino a un período de gran prosperidad y fuerte desarrollo. Hoy Chile enfrenta otra transición, la joven, que se pretende abra el camino para llegar a ser el primer país de América Latina, por vía también de la democracia de los acuerdos, ahora orientada a cinco metas: superar la pobreza y desigualdades excesivas, recuperar la capacidad de crecimiento, la creación de empleos, empezar a ganar la batalla contra la delincuencia y los narcos, y superarse en la calidad y equidad de la salud y la educación.

Pensamos en nuestro Uruguay, el de los dos bloques. Uno, un bloque que funciona como tal, que en leve minoría del 48,5% va hacia la concentración del poder absoluto en todo el país. El otro, leve mayoría, de 51.5% ni siquiera ha podido integrarse y solidificarse porque los dirigentes políticos no lo consideran todavía oportuno por diferentes razones.

Pero la aspiración de la gente ya se traduce en movilizaciones precisamente hacia ese objetivo: al de la democracia de los acuerdos, que haga posible la realidad de que los que compiten electoralmente, puedan ser opción de poder.

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