ANTONIO MERCADER
Viste la prensa en Cuba...? No se puede leer por aburrimiento". Publicadas en el libro "Pepe Coloquios", José Mujica nunca abjuró de estas palabras, en principio promisorias para la libertad de prensa. Una libertad que, en diversas entrevistas, el presidente electo aseguró que respetará durante su gobierno. ¿Será así?
Algunas de sus actitudes ante los periodistas apuntarían a desmentir esa buena intención. Desde el célebre "¡No sea nabo!" espetado a un gran profesional como Neber Araújo hasta el tono intimidatorio de algunas de sus respuestas a los movileros, sobran atisbos de intolerancia expuestos ante los medios de comunicación en la carrera de Mujica.
Lo curioso del caso es que pocos políticos en la historia nacional le deben tanto a la prensa como este antiguo tupamaro. Desde su adhesión a la democracia y su llegada al Parlamento en los años 90 a bordo de una Vespa, su aire transgresor y su verborrea fueron un imán para periodistas atraídos por su turbulento pasado. De a poco, aquel converso fue ganando titulares, cámaras y micrófonos que agigantaron su notoriedad. En eso fue hábil.
Incluso ahora, en plena transición, cuando teje el macramé del nuevo gobierno y crecen sus cargas, Mujica sigue abierto a la prensa. En ocasiones bromea y en otras gruñe, pero siempre baraja las preguntas y rehúye caer en lugares comunes, esa tentación ante la cual suelen sucumbir los políticos. Si antes era noticia por sus ocurrencias, en el futuro lo será por la magnitud de su cargo. La duda es si proseguirá con ese contacto fluido con la prensa más propio de un Jorge Batlle que de un Tabaré Vázquez.
Otras dudas se vinculan a la futura política de su gobierno en materia de medios de comunicación. Una libertad irrestricta, sin censuras ni presiones de ningún tipo, que garantice un flujo de información sobre la marcha del país, con un reparto racional y justo de la publicidad oficial, son cosas que la prensa tiene derecho a esperar en una democracia. Por ahora no hay anuncios claros al respecto.
Este tema arde en momentos en que una ola de represión a la prensa barre la región. En su cresta, Venezuela, con tantos atropellos instigados por Hugo Chávez que las peores reacciones populares contra su gobierno suceden cuando cierra un canal de Tv, acosa a una radio o censura a un diario. El reciente embate del gobierno bolivariano contra los medios, no sólo terminó con dos estudiantes asesinados en las calles sino con la renuncia de su vicepresidente y otras autoridades.
A su imagen y semejanza, Rafael Correa (Ecuador) y Evo Morales (Bolivia) propulsan sendas leyes restrictivas. Ambos, acólitos de Chávez y miembros de ese club de amigos de la revolución cubana que es el Alba, acusan a los periodistas de "socavar" a sus gobiernos y "servir al imperialismo yanki". Suena familiar ¿no es cierto?
Argentina es un caso distinto. Tiene una Ley de Medios que empieza a implementarse y que fue denunciada, al menos algunos de su artículos, como lesiva para la libertad de expresión. Más allá de lo estrictamente legal, el problema es el sistemático intento de sojuzgar a la prensa que se realiza de facto desde la Casa Rosada bajo el liderazgo del matrimonio gobernante y desde una Secretaría de Medios cuyo anterior titular era un manipulador profesional.
Uruguay, sin ser un vergel, no padece esos extremos. Una vez que asuma, Mujica puede retomar el proyecto de ley de medios enviado por Vázquez en las postrimerías de su gobierno con el objeto de fijar un mínimo de "contenidos nacionales" en la televisión. Presentado en noviembre -¡tarde piaste!- se estancó en el Parlamento. Habrá que ver si en la próxima legislatura se reanima un proyecto que ni siquiera conformó a los legisladores oficialistas. Hoy, a propósito del lamentable paso atrás en el Cardales, se habla de crear un nuevo "Sistema Nacional de Medios" y de "racionalizar" la concesión de frecuencias de radio y Tv.
En tanto, el programa del Frente Amplio promueve "la democratización de los medios" y dice que la meta principal "es la creación cultural por parte del colectivo". Conceptos vagos, excepto -faltaba más- aquellos que se emplean para marcar el clásico recelo de la izquierda ante "la competencia del mercado", principio por el que, felizmente, se rigen entre nosotros los medios no estatales.
Como en otras áreas de gobierno, aquí también abundan las interrogantes. Pero puesto a arriesgar un vaticinio, diría que Mujica se dispone a respetar la libertad de expresión tal como manda el artículo 29 de la Constitución. La duda es si su mal genio aflorará o no en situaciones de crisis en donde el peor reflejo del gobernante es desoír el mensaje y atacar al mensajero.
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