LEONARDO GUZMÁN
En reunión de trabajo con el gobierno en ciernes, el Banco Mundial llamó la atención al Uruguay por la ineficiencia con que invierte en educación.
Los representantes del organismo crediticio reconocieron que nuestro país avanzó en números hasta alcanzar en 2009 la meta del 4,5% del PBI para la educación pública, pero hicieron ver que eso no bastó para mejorar los servicios, pues "no siempre un mayor gasto en educación implica elevar el nivel de la enseñanza".
El concepto no debe pasar inadvertido, porque no es una noticia más. Es un alerta agrio. Y no debemos edulcorarlo con el viejo recurso de medirnos con los que están peor, puesto que el propio Banco Mundial "recomendó que Uruguay deje de comparar su sistema de educación pública con los existentes en la región, y mire a las naciones desarrolladas para procurar alcanzar sus niveles educativos".
En realidad, la admonición nos viene bien. Sacando el foco de la cantidad, nos recuerda que la educación es cuestión de calidad, colocándonos frente a nuestro drama cultural pelado y sin hueso.
Todos los gobiernos -el que se va también- han andado a los tirones con los reclamos presupuestales para las tres ramas de la enseñanza; y más allá de paros y escaramuzas, ha sido ascendente la participación del sector en el PBI. Pero si los docentes no conservan el fuego sagrado, ese avance en pesos no mejora la formación para los educandos públicos en aptitud para el trato, capacidad lógica matemática y gramatical ni formación de base para profundizar cualquier tema. No se les ensancha su horizonte de comprensión, que es el más allá de los límites de profesiones y oficios. Y eso es muy grave en un país que gestiona su vida actual desde un declive cultural alarmante.
Las cualidades y la cultura no son cuestión sólo de ingresos. Miremos hacia atrás. A Atenas pre-cristiana nadie la recuerda por su Producto Bruto, probablemente inferior al de Esparta con sus ilotas; pero de ella siguen valiendo y sirviendo las ideas puras de Platón, el diálogo de Sócrates y la indagación organizante de Aristóteles.
Miremos nuestro entorno. Recorramos los cinturones de viviendas de cualquiera de nuestras ciudades o las casas rurales que sembró Alberto Gallinal Heber. Ladrillo sobre ladrillo o bloque sobre bloque, todas iguales. Pero unas están prolijamente pintadas y lucen malvones. Otras se enmohecieron a la que te criaste. La diferencia está en la inspiración de los dueños de casa.
Miremos dentro de nosotros. ¿No somos acaso tributarios de la siembra a distancia de los maestros y profesores que contando los vintenes nos enseñaron a sentir, pensar y volar?
Hay una profundidad donde lo laico se une con lo religioso: se da en el "Levántate y anda" que convoca a ser persona completa, capaz de creer en sí misma lo suficiente como para tomar sobre sus hombros el destino de sus prójimos, en vez de delegarlo y sentarse a esperar lo que hagan las instituciones de hoy o la revolución de mañana.
Y eso -el Uruguay lo sabe- es mucho más cuestión de inspiración que de números.
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