Antonio Mercader
Una ley del 23 de octubre de 1919 determinó que el día de hoy figurara en el calendario oficial como el Día de los Niños, cosa que no ocurre en ningún otro país. Dentro de la batalla librada por el batllismo para desvincular al Estado de cualquier fasto religioso, este feriado perdió entre nosotros su título original, es decir, el de Día de Reyes. Junto con el título, también su historia de fondo, la de los Reyes Magos, se fue desvaneciendo en el imaginario de los niños uruguayos, lo que, más allá de toda connotación religiosa, no deja de ser una pérdida.
Una pérdida de entrañables tradiciones españolas e italianas, clásicas en su apego a celebrar los rituales de la fecha. Y un olvido de la leyenda sugestiva de aquellos tres magos que llegaron de Oriente guiados por una estrella en busca del Jesús recién nacido: Melchor, el representante de los europeos que traía el oro como ofrenda; Gaspar, el delegado de Asia, que aportó el incienso; y Baltasar, el negro africano que entregó la mirra, el aceite que se quemaba en las ceremonias y restañaba las heridas. Papá Noel-Santa Claus, de origen tan nórdico como la marketinera fiesta de Halloween, los ha ido desplazando gradualmente.
Pero apartando a un lado leyendas y creencias, esta rareza de la laicización de los feriados es una característica singular de nuestro país, un resabio de la vieja pugna entre el Estado y la Iglesia. De esa manera, Semana de Turismo por Semana Santa, Día de las Playas por Día de la Vírgen y Día de la Familia por Navidad, son otras tantos vestigios cuasi folclóricos de ese intento peculiar por borrar el rastro de una cultura religiosa con arraigo. Son testimonio del ardor con que el Estado batllista libró lo que, en su hora se consideró un combate decisivo para el talante del país.
Fue algo exagerado, sin duda, porque bastaba separar la Iglesia del Estado y garantizar la libertad de cultos, que era lo que correspondía. La persecución de los símbolos cristianos, que pasó por un mercurial discusión para erradicar los crucifijos de los hospitales, llegó a su pináculo al introducir esos cambios en el calendario oficial y al proponer -con relativo éxito- sustituir todos los nombres con resonancias religiosas de villas y poblados del interior del país. En este último caso, hubo unos cuantos sobrevivientes.
Escritor que luego alcanzaría renombre universal y miembro del Parlamento por aquel entonces, José Enrique Rodó, desde una postura liberal y no religiosa, calificó esas medidas de extremistas. Jacobinismo fue el término que empleó para condenarlas y que quedó atado para siempre a la historia del debate nacional por la secularización del Estado. Un concepto fundamentalista de la laicidad que terminó por impregnar a buena parte del país, hizo que Rodó y otros evocaran, con razón, a los intransigentes jacobinos de la Revolución Francesa.
Hasta hoy, sobre todo cuando se pretende hablar sobre enseñanza y religión, la laicidad llevada a su máxima expresión, logra enturbiar cualquier cambio de ideas.
Hasta ese punto se han exagerado las cosas en el único país en el cual esta antiquísima fiesta de Reyes se denomina oficialmente Día de los Niños.
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