Ninguna sociedad está satisfecha con la educación que imparte y por ello -reconociendo implícitamente la enorme gravitación que tiene sobre todo el quehacer humano- la responsabilizan de cuanto negativo ocurre en la marcha de la comunidad. No está mal creer que tanto los éxitos como los fracasos de un país están ligados a las aulas, cualquiera sea el nivel de éstas. Es un tácito homenaje que debería corresponderse con la atención de sus necesidades.
Habitualmente, los índices que se manejan respecto a la enseñanza tienen que ver con el número de alumnos que la cursan, las deserciones habidas, el ausentismo docente, la capacidad locativa existente y el estado material de la misma. Todo ello es importante, desde luego, pero no siempre tiene que ver con los resultados obtenidos que no revelan, por sí solos, la calidad del sistema. Hay algo que no es cuantificable.
En Economía y Mercado (14-XII-09), J. Rebella entrevista al experto chileno Mario Waisbluth -actual coordinador del Movimiento Educación 2020- y obtiene de él esta declaración: "... se han hecho las reformas fáciles y vistosas. Se han construido más aulas y se han comprado libros y computadoras, pero no se han realizado las reformas más importantes" en Chile. De ahí que Educación 2020 proponga ir a la raíz del problema: formar más docentes calificados y remunerarlos mejor, crear una nueva generación de directores de nivel internacional y adjudicar más recursos a las aulas vulnerables, o sea, las que atienden alumnos de zonas más carenciadas. No se trata de una receta mágica sino práctica. Ella hace más atractiva la carrera docente -hoy desprestigiada socialmente y cursada sólo por estudiantes de actuación mediocre-, y confía el desarrollo educativo al liderazgo de directores altamente capacitados.
Pero creemos que hay que hacer una precisión fundamental: cuando se habla de docentes más calificados no se ha de tener en cuenta, únicamente, un mayor y mejor bagaje técnico y pedagógico porque si bien no tener esas condiciones es absolutamente negativo e inhabilitante para cumplir la función de enseñar, el hecho de tenerlas, por su parte, puede resultar insuficiente si no va acompañado por valores vinculados a la personalidad del docente.
Un docente, obviamente, deberá poseer condiciones personales, además de conocimientos y de pedagogía, para ser visto por el educando como un ejemplo digno de ser imitado.
Cuando no existían los institutos de Formación Docente en Secundaria, la mayor parte de los profesores carecía de preparación académica específica. En Montevideo y, sobre todo en el interior, el ingeniero del lugar, el químico, el médico, el contador, el comerciante o el industrial eran requeridos para dictar asignaturas vinculadas a su profesión o actividad. Para el alumno, el profesor que tenía por delante, además de dominar su materia -no así la forma de enseñarla- tenía una experiencia de vida, un conocimiento directo del mundo real y, como tal, podía sugerir, aconsejar. En verdad, podía ser un pedagogo, etimológicamente, un conductor o guía del niño.
A mediados del s. XX se inicia el IPA y, luego, otros institutos similares en el interior. Con ellos, cambia la situación: sus egresados podrían alegar tener conocimientos idóneos de la asignatura que dictaban y formación pedagógica adecuada pero, dada su juventud, carecían de experiencias vitales que pudieran acreditarlos como verdaderos conductores de un alumnado ávido de contar con puntos de referencia.
Lejos estamos de considerar que, a partir de allí, comenzó nuestra decadencia educativa. Sería erróneo e injusto. Pero lo antes anotado es un factor a tener en cuenta, como lo prueba el hecho de que en el interior -donde no abundan los egresados de los institutos especializados- las críticas al sistema imperante no tiene la virulencia que despierta el capitalino. Con el agregado que las generaciones que fluyen de esos liceos -con sus aportes en todos los ámbitos de la realidad nacional- han pasado a formar parte de las mejores reservas que están a disposición del desarrollo de nuestro país.