Nuevo e intenso trabajo de Medina

"Sonata de otoño", de Ingmar Bergman en la Zavala Muniz

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La dramaturgia de Ingmar Bergman sustenta ampliamente esta Sonata de otoño que dará hoy a las 21 horas en la Sala Zavala Muniz su última función de la temporada, para volver el año próximo, durante enero y febrero.

Intenso, profundo, el texto llega rápida y eficazmente al espectador, a través de un tema que difícilmente le sea ajeno: las relaciones entre padres e hijos. No importa que el personaje central sea una madre (Estela Medina) ni que su enfrentamiento sea entablado con la hija (Margarita Musto): el choque generacional queda tan bien expuesto que abarca tanto al varón como a la mujer, sean de la generación que sean.

Para eso, el dramaturgo va recorriendo etapa por etapa. Desde la llegada de la madre a la casa de la hija, donde se expresa la soberbia de la mujer madura que ha alcanzado todo en el terreno profesional, hasta los primeros enfrentamientos, en los que afloran viejos reproches. Pero luego el autor desdobla de alguna manera al personaje central, ubicando a esa madre en los tiempos en que fue hija, para exhibir cómo el proceso se repite, y detallar dónde está la clave de su comportamiento.

Todo esto lo cruza Bergman con otro terreno fértil: la música, el talento, el genio, y el precio social y familiar que tantas veces han pagado los grandes artistas. La pasión por la música como una forma de amor sublime, pero también como una crueldad, como un pretexto para alejarse de los vínculos emocionales más próximos.

Ese doble juego de choque generacional y de equilibrio entre el arte y los afectos, permite a las actrices un despliegue exquisito de matices. Medina arranca de lleno, modulando bien esa afectividad superficial y controlada de su personaje Charlotte. Luego parece evadir el enfrentamiento, para después acometer con más fuerza. También trabaja momentos de cierta ensoñación, cuando le toca recordar y reflexionar sobre su pasado.

Musto también tiene momentos de excelencia, donde con más control y gran naturalidad compone perfectamente a su Eva, una mujer insegura, necesitada de afecto, capaz de perdonar con tal de recibir más cariño. El duelo al piano entre las dos artistas está entre lo más intenso del espectáculo, con un toque de teatralidad realmente disfrutable. Junto a ellas, Silvia Rivero, en un papel de menor presencia pero gran intensidad, se sitúa a la altura de sus compañeras de elenco. Sobre ella recae el duro personaje de Helena, la hija discapacitada que hace de pivote entre las dos protagonistas.

Omar Varela, desde la dirección, cobra presencia principalmente a través de los rubros técnicos, sobre todo de la música. Difícilmente el espectador abandone la obra no meditando alguna frase, como aquella que dice que el sentido de la realidad también es una cuestión de talento.

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