Se supone que la tolerancia es el respeto o la consideración hacia las opiniones de los demás, aunque esas opiniones sean diferentes a las nuestras. Pero se trata de una regla de oro que sólo rige en las sociedades más clementes, marcando la diferencia entre el reconocimiento de los derechos del prójimo y la ignorancia de esos derechos. De esa manera puede medirse la distancia entre un sistema de convivencia democrática y una mentalidad excluyente que suele formar parte de un régimen autoritario, ser propia de un gobernante despótico o de ciertos grupos que sólo toleran una línea de ideas y combaten a quienes discrepan con ellos empleando a menudo la violencia criminal.
Así ocurre con el terrorismo, un ejemplo del cual ha sido la actividad de la organización maoísta Sendero Luminoso en el Perú de las últimas décadas. Otro ejemplo han sido desde 1968 los operativos de la ETA en las provincias vascas de España, cuyas formaciones juveniles (especializadas en atentados callejeros contra locales comerciales, viviendas y autobuses) están integradas por veinteañeros que son la cantera de reclutamiento para esa banda armada, y que han sido desarticuladas en estas últimas semanas. Invocando un ideario de separatismo regional, esa banda extremista comete los mismos actos de violencia del viejo franquismo contra el cual se sublevó clandestinamente hace cuarenta años, camino en el que ha persistido a pesar del restablecimiento democrático y de la vigencia de libertades y garantías que ofrece el Estado español.
Esos ejemplos, como el del radicalismo musulmán que ha provocado en años recientes tantos atentados dinamiteros en países como Pakistán o Irak -con miles de víctimas civiles, ajenas a la condición política de los conflictos armados de esas naciones- son otros modelos de intolerancia, palabra que es el reverso de la consideración civilizada hacia las opiniones de los demás. La intolerancia encarna el propósito delirante de unificar las ideas y los puntos de vista de todo el mundo, reprimiendo a los disidentes, desacreditando sus opciones (ya sean políticas o religiosas) y esgrimiendo la violencia para alcanzar sus metas.
Cuando en el ámbito latinoamericano se perciben señales de persecución, como por ejemplo contra la libertad de prensa o de expresión, asoman los brotes de intolerancia, de la cual hay síntomas bajo los actuales gobiernos de Venezuela y Ecuador, por nombrar sólo a algunos. En otros casos más flagrantes, como el cubano, bajo cinco décadas de poder ejercido por un régimen que ya ha alcanzado un grado de fosilización, el hermano Castro que ha sustituido en la cúpula del gobierno al otro hermano recluido, parece practicar un nivel de represión similar al que venía operándose desde 1959 sin que haya excusa razonable para justificar el férreo control que se aplica sobre todo un pueblo, por más que se maneje un vocabulario retórico que proclama términos como revolución, soberanía y antiimperialismo para legitimar el ejercicio de la intolerancia.
Si un dirigente honesto es en verdad un revolucionario y un amante de la soberanía nacional, debería respetar todo el arco de opiniones de su pueblo, así como sus márgenes de maniobra para expresarse sin temor, habilitándolo para respirar con libertad. Si la ETA fuera en realidad un movimiento independentista, debería confiar en las decisiones populares y someterse a ellas a través de un plebiscito, por ejemplo. Cuando la variante es en cambio la represión política, los asesinatos a sangre fría, los atentados, la mordaza a la prensa o el acto terrorista, no hay excusa que valga porque entonces se trata de las peores formas de intolerancia, confundidas ya con el absolutismo o el oscurantismo, una tendencia que se convierte en el olvido de los derechos del prójimo, del valor de las ideas manifestadas sin miedo y hasta de la vida de los demás. Lo peor de todo ello es que por tales caminos va perdiéndose la conquista de los hábitos de convivencia logrados dificultosamente durante siglos a través de una ilustración que abatió los totalitarismos y la servidumbre de la gente. Pero no todo el mundo está dispuesto a reconocer esos contraluces, porque se lo impide el fanatismo ideológico o las obsesiones políticas, dos enemigos de la tolerancia.