Es un escándalo público que el más grande cineasta británico viviente solamente haya logrado completar cinco largometrajes en veinte años, y la financiación de cada uno de ellos resulte casi siempre una experiencia agónica. Terence Davies es ese cineasta, un poeta de la imagen que ha logrado volcar su torturada subjetividad en tres cortos que llegó a reunir en un programa único (Trilogía, 1984), e hizo después Voces distantes (1988), The long day closes (1992), La Biblia de neón (1995) y La casa de la alegría (2000). De esos largos, sólo el primero se estrenó en salas en Montevideo, y el último aparece a veces en cable. Y entre él y Del tiempo y la ciudad pasaron siete años.
Si la expresión "documental subjetivo" no existe va a haber que inventarla (Mi Winnipeg, del canadiense Guy Maddin, podría entrar en el mismo casillero) para esta película en la que Davies evoca a través de material de archivo la Liverpool de su infancia y juventud, contrasta esas imágenes del pasado con otras, contemporáneas, filmadas expresamente, y comenta el conjunto con una mezcla de cinismo, amargura, ironía y amor/odio por su ciudad natal. Esta búsqueda del tiempo perdido (un film de encargo convertido en una creación personal) es también una confesión a lo largo de la cual el cineasta desnuda su sexualidad conflictiva, su contienda privada con el catolicismo, su desprecio por la monarquía británica, su amor por el cine de Hollywood y la música clásica, su indiferencia hacia sus coterráneos los Beatles. Y es, además, toda una experiencia cinematográfica, sugestiva y envolvente.
Del tiempo y la ciudad
ficha
Reino Unido 2008. Título original: Of time and the city. Dirección y libreto: Terence Davies. Fotografía: Tim Pollard. Montaje: Lisa Ryan-Carter. Sonido: Adam Ryan-Carter. Supervisor musical: Ian Neil.
atención a...
La esmeradísima edición de imágenes que capturan la vida cotidiana de una ciudad a lo largo de medio siglo, entrecruzadas por registros actuales de ruina y desolación pero también, contradictoriamente, de esplendor y renacimiento. Y también el espléndido uso de la banda sonora, donde asoman junto a Bruckner o Mahler numerosas melodías populares, mientras el director cita a Jung, Joyce y Engels, o recita notablemente a T.S. Elliot.