Como era predecible se cerró la primera parte del largo periplo electoral uruguayo con la victoria de la fórmula Mujica-Astori. Desde ahora, a los orientales sólo nos resta aguardar los resultados departamentales de mayo para sumirnos, sin más alternativas, salvo una improbable disolución del Parlamento y el consecuente llamado a nuevas elecciones legislativas, en la rutina quinquenal de la práctica política democrática. Un modo de convivencia -vaya paradoja- cuya mayor virtud radica en su falta de heroicidad y romanticismo, más valioso cuanto más pacífico y discreto.
Por más que pese a ser claros, estos resultados electorales merecen despejar una duda, solventar un interrogante que antecede cualquier pronóstico sobre los mismos y no el clásico sobre su competencia para afrontar o aprovechar la buena o mala suerte que fatalmente sobreviene a cualquier gobierno; ese incierto destino de las naciones que Maquiavelo denominaba "fortuna". Dama artera y caprichosa, decía, ineludible en cualquier gestión exitosa pero que aún siendo esquiva puede revelar la fibra de un gobierno.
Y esa pregunta previa, decisiva para nuestro futuro cívico, tanto que sesga cualquier análisis porque introduce incertidumbre, tampoco tiene que ver con la personalidad de Mujica como presidente, por lo menos en forma directa. No refiere como interrogante central a sus ambiguas capacidades como estadista, su imposibilidad para definirse, sus incertezas ideológicas, su dudoso pasado, su no asumida superficialidad de enfoque, a todo él, en suma, como dirigente político. Inquietudes que todos los uruguayos que no lo acompañaron con su voto sienten, pero que, seamos honestos, en mayor o menor medida, según los atributos y antecedentes del elegido, a menudo en el pasado fue también necesario formularnos. Esta vez, la molestia atañe a algo mucho más simple y determinante, a la clave del largo proceso electoral que atravesamos: que nos exige saber con seguridad ¿quién ganó las elecciones? ¿Lo hizo la coalición astorista o el hoy impenetrable y oscuro MLN y sus flacuchentos entornos?
Volvamos a ser honestos y admitamos que esta incertidumbre tampoco es nueva, ya aparecía con la ley de lemas, cuando los juegos de fracciones dificultaban conocer cuál entre ellas había conseguido el poder. Sólo que esta vez se presenta con características inéditas en tanto atañe a las claves ideológicas básicas de uno de los dos grupos al interior del Frente Amplio. Los radicales son revolucionarios socialistas, parientes de la izquierda populista chavista, mientras la mayoría de los astoristas, fieles a Vázquez no lo son. No es sencillo predecir por cuál de ambos colectivos, pese a su origen, se decidirá el presidente electo, también en esto confuso e impredecible. Pero incluso dentro de la coalición moderada no es segura la opción de algunos de sus representantes, especialmente entre los socialistas.
En las elecciones del 2004 el F.A. obtuvo mayoría absoluta con 68 legisladores, 30 radicales y 38 moderados; ahora, pese a perder dos legisladores, mantuvo la mayoría pero alteró su representación interna: 36 radicales y 30 moderados. En el Senado, con el aporte del vicepresidente ambas fracciones se equilibran, no ocurre lo mismo en diputados donde la ventaja radical es incontestable. Indudablemente en el FA, como consigna Constanza Moreira, las élites han circulado, sólo que lo han hecho para radicalizarse. ¡Que la fortuna nos ampare!