CLAUDIO FANTINI*
La región es un vecindario difícil. Muchos se palmean la espalda intercambiando elogios y subrayando afinidades políticas, pero en los hechos compiten rudamente por liderazgos y posicionamientos ventajosos. Una muestra de la incoherencia entre discurso y realidad es el Mercosur, entumecido ya no sólo por las asimetrías entre los socios grandes y los pequeños, sino también por las colisiones entre el proteccionismo que Argentina aplicó contra la crisis global y la agresividad de la respuesta de Brasil, deteniendo en la frontera común los camiones argentinos con productos para el mercado brasileño.
Jamás tantos líderes hablaron tanto de afinidad e integración, al mismo tiempo que bloquean el proceso integrador. Y la explicación está en el ascenso de liderazgos personalistas, caracterizados por proclamar uniones que en los hechos obstruyen, porque los procesos de integración se tejen desde las instituciones y no desde los presidencialismos megalómanos que inexorablemente las debilitan.
Al proclamar repetidas veces su identificación con el presidente de Brasil, José Mujica anunció su opción por una de las veredas de la izquierda sudamericana. Si bien priorizando políticas sociales, Lula confirmó el capitalismo de mercado y dio continuidad a la obsesión anti-inflacionaria de Fernando Henrique Cardoso, además de sostener la democracia pluralista y propiciar la alternancia renunciando a reformas para ser reelecto.
Es de suponer que Mujica y su gente saben que optar por Lula como modelo implica no estar en la vereda de Hugo Chávez, principal referente de un poder híper-concentrado, desmesuradamente estatista, clasista hasta el autoritarismo y agresivo en su pretensión de liderazgo latinoamericano.
Lula y Chávez se tratan con cordialidad y hacen negocios bilaterales. Pero el exuberante déspota caribeño no ignora que el presidente de Brasil quiere limitar su conflictiva proyección regional, y lo desairó agriamente al rechazar la fuerza de interposición que éste propuso para evitar que la última escalada de tensiones fronterizas derive en una guerra entre Colombia y Venezuela.
Las brumas del paisaje sudamericano tienen que ver con las derivas del gobierno argentino en sus propios laberintos; la indefinición que eligió como señal de identidad del presidente paraguayo Fernando Lugo; las desmesuras de Alán García crispando innecesariamente la relación entre Perú y Chile; el peligro de un conflicto secesionista que pende como espada de Damocles sobre Bolivia y el paradójico izquierdismo reaccionario del chavismo, que injerta en Latinoamérica al fraudulento, oscurantista y represivo régimen teocrático de los ayatolas persas.
La política exterior de Mujica también tendrá el desafío de descifrar los cambios y continuidades que se están dando en el resto del planeta. Barack Obama no pudo aún sacar a Estados Unidos de los pantanos iraquí y afgano, además de seguir tan absorbido por el agujero negro paquistaní y tan perdido en el Oriente Medio como sus antecesores. Pero su viaje a China evidencia dos mutaciones sísmicas en el tablero internacional: en la renacida multipolaridad, Washington acepta a Beijing en la mesa de las grandes decisiones políticas y económicas globales. Ergo, el eje comercial que siglos atrás se desplazó del Mar Mediterráneo al Océano Atlántico, está desplazándose nuevamente. Esta vez desde el Atlántico hacia el Pacífico, desconcertando a Europa y poniendo en duda su continuidad en ese directorio mundial en el que pujan por estar, junto a Estados Unidos, Japón y China, nuevos gigantes económicos como Brasil, Rusia y la India.