El Himno: todo el año es Carnaval

HUGO GARCÍA ROBLES

Los símbolos nacionales existen y respetarlos no es retrógrado ni reaccionario, sino cumplir la ley vigente. El himno, como la bandera y el escudo, tienen soporte legal. Un ñandú no puede ocupar el lugar del buey en el escudo, ni la luna el del sol en la bandera.

En otros países las cosas son distintas. En Estados Unidos, es habitual escuchar su himno en versión "soul", por ejemplo y, en Brasil, la musicalidad de los hermanos norteños transforma el suyo en espléndida balada de amor. Por el contrario, quien escribe no ha sabido que así ocurra con God save the King o La Marsellesa: reina la tradición institucional.

Al margen del aspecto legal, la polémica versión del "Zurdo" Bessio, fue afinada y de buena musicalidad, sin ninguna duda.

En los tiempos de la dictadura, la murga fue importante reducto de la resistencia. Desde entonces, su alcance popular, nunca pequeño, no dejó de crecer. Tuvo y tiene sus cultores emblemáticos que, como el desaparecido "Canario" Luna y Jaime Roos poseen seguidores numerosos y entusiastas.

Más grave que la polémica versión de Bessio es la inaceptable reducción de la música uruguaya a la murga y a las expresiones carnavaleras. La cultura del país se ha "carnavalizado". No es casual que las interpretaciones del himno no sigan el camino de la milonga, el estilo, la vidalita o la cifra. La entraña musical del Uruguay se ha mudado a Montevideo y aquí vive bajo Momo. Los payadores son parias olvidados y el tango no tiene el peso que debería y merece. Ana Karina Rossi, uruguaya, instalada en París, canta con éxito tangos en algunos de los ochenta y dos espacios que en la capital de Francia disfrutan de la herencia de Gardel. También lo hace en Roma y pronto viajará a Turquía para lo mismo. Entre nosotros, el carril impuesto hace que Tenfield pueda influir sobre la versión del himno. Esta peculiar vecindad del fútbol y la música desnuda políticas culturales omisas o erróneas.

Gardel, además del tango cultivó el repertorio criollo. No cantó, que se sepa, la retirada del año 1933 de Asaltantes con Patente, cuya música prestada, como la de toda la murga, proviene de Soldadito español. No fue un Pavarotti de barrio, pero llevó el barrio rioplatense al mundo. Está tan vivo que el 24 de junio de 1985, a 50 años de su muerte, Radio Viena dedicó media hora a su voz. Parece poco probable imaginar igual destino a la hoy triunfante murga.

El perfil sonoro del país alberga mucho más que las fórmulas del Carnaval. No es sensato olvidar ese patrimonio de todos y protestar cuando los hermanos porteños, dueños de la cumbia villera, se apropian de La Cumparsita. ¿Los uruguayos no la hemos cambiado por Agarrate Catalina o Falta y Resto?

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