María Fernanda Boidi
Junto con el presidente, los uruguayos votaremos por la separación, en el tiempo, de elecciones internas, nacionales y balotaje conspirando contra los intereses de los partidos, en especial de cara a la segunda vuelta, porque la dirigencia intermedia -sobre todo si sospecha que perderá la elección- carece de incentivos fuertes para involucrarse intensamente en la campaña.
Los dirigentes políticos pueden tener motivaciones diferentes para ejercer su profesión: pueden hacerlo por el prestigio y el poder que les otorga la posición, por el acceso a la posibilidad de generar políticas públicas y así incidir en la marcha del país, o porque disfrutan representando a sus conciudadanos y defendiendo sus intereses. Seguramente, en la mayoría de los casos lo que opera es una combinación de todos estos componentes. No obstante, cualquiera sea el fin, el medio para llegar a él es el mismo: reunir los votos suficientes para obtener el puesto que les permita satisfacer esas motivaciones en el ejercicio del poder público.
En este sentido, todos tienen el mismo objetivo inmediato: reunir la mayor cantidad de adhesiones de modo que eso garantice el acceso al cargo deseado. La separación en el tiempo de las distintas instancias electorales genera una estructura de incentivos, que termina perjudicando a los partidos como tales si estos deben competir en una segunda vuelta por la elección presidencial.
Las internas son uno de los puntos altos de la campaña, porque todos los actores buscan posicionarse y en consecuencia todos tienen "algo para ganar". Los precandidatos presidenciales buscan ser electos candidatos del partido, y la dirigencia de nivel medio que los apoya marcar su peso de cara a la conformación de las listas a Diputados y Senadores. Así, todos están motivados para movilizar a sus bases en procura de apoyo. La ironía es que en esta instancia el partido no se ve favorecido de esta amplia movilización, porque no compite con los otros.
En las elecciones nacionales, en cambio, ya hay corredores que quedaron afuera: sólo hay un candidato presidencial y no todos los que aspiraban a candidatearse a cargos de representación lograron ubicarse bien en las listas. En los partidos que tuvieron competencia interna, el ala perdedora debe encolumnarse tras la que ganó. Los que tienen menos -o nada- para ganar están menos motivados a pelear por conseguir votos, lo que termina perjudicando al partido como un todo, que cuenta con menos soldados trabajando para sus filas.
De cara a una segunda vuelta de elección presidencial esta situación es aún más acuciante. Porque los que ya obtuvieron los cargos legislativos que querían, no tienen motivos para seguir trabajando por conseguir votos; y los que no obtuvieron los resultados esperados seguramente carecen de recursos e incentivos para embarcarse en la campaña por la elección presidencial.
Si, adicionalmente, el partido no parece tener demasiadas chances de obtener la Presidencia (lo que representaría un incentivo adicional por el acceso al gobierno nacional y a la posibilidad de acceder a cargos que permitan satisfacer las diversas motivaciones arriba mencionadas), menos motivados aún estarán los actores que no tienen nada para ganar.
Este razonamiento supone que los actores políticos son de algún modo egoístas y buscan satisfacer únicamente sus intereses, no dejando lugar al compromiso altruista con el partido.
Esta simplificación de la realidad ha probado ser una herramienta muy útil para entender la realidad política y no supone un juicio de valor sobre la conducta de los actores. Se trata de unos lentes analíticos con los cuales mirar la realidad, y en el caso de lo "quieta" que muchos observadores perciben a la dirigencia en esta campaña, sobre todo la del Partido Nacional, parecen ser los lentes adecuados.