El Señor Oscuro regresa de la mano de un Stoker

Novedad. Salió "Drácula, el no muerto", secuela revisionista

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GUILLERMO ZAPIOLA

Es menos una secuela que una relectura. Y allí asoma, al menos, una cuota de interés en "Drácula, el no muerto" (Roca-editorial, Buenos Aires), novela de Dacre Stoker e Ian Holt que acaba de aterrizar en librerías montevideanas.

Por supuesto, es un operativo comercial. El sobrino bisnieto de Bram Stoker, el autor del Drácula original, y su cómplice Holt, se han aplicado a escribir una secuela de la clásica novela gótica del antepasado del primero de ellos. El resultado exhibe de todos modos la honestidad de los "best sellers", y no la deshonestidad del cazabobos (desde Paulo Coelho a Isabel Allende, o algún equivalente compatriota) que finge ser literatura sin serlo. Esto es material de género, evasión sin pedir disculpas, pasarrato para leer en un fin de semana lluvioso y olvidarlo después.

¿Una buena novela? No necesariamente. ¿Un libro ilegible? Ciertamente no. Los puristas "draculianos" seguramente van a enojarse, la "alta crítica" va a ignorar su existencia, pero los mortales comunes interesados en lo gótico pueden encontrar, en cambio, una dosis de placer culpable.

El nuevo Stoker y su colaborador Holt han hecho sus deberes con cierto cuidado. Leyeron el original, detectaron algunas inconsistencias y ambigüedades, y se lanzaron a contar una historia que ocurre veinticinco años después y que involucra a varios de los personajes importantes del antecedente del viejo Bram.

Para que las cosas cierren han debido manipular un poco la cronología, pero encontraron para ello una coartada de hierro: Bram Stoker (que asoma como personaje secundario en el nuevo libro) habría escrito una historia basada en hechos reales, pero en la que hay modificaciones, episodios mal interpretados, y especialmente una esencial incomprensión del carácter del protagonista.

A partir de allí, la novela funciona como un pastiche de la mitología draculiana, a la que se suman elementos de la historia y la leyenda de dos personajes reales que también deberían figurar en una fantasía gótica: la sangrienta condesa Erszebet Báthory (quien se bañaba en sangre humana), y Jack el Destripador.

Es el año 1912, Drácula parece haber regresado, y varios de los personajes que lo enfrentaron en la novela original tienen problemas. El doctor Jack Seward es asesinado en una de las primeras páginas, y a otros les va mal en las que siguen: Jonathan Harker, su esposa Mina, Arthur Holmwood, el profesor Abraham van Helsing. Es decir, todos quienes enfrentaron al Señor Oscuro veinticinco años antes, en una noche crucial y en una remota región de los Cárpatos.

No se debe ser más preciso en una nota previa acerca de una anécdota que incluye varias vueltas de tuerca, aunque un par de ellas resulten bastante obvias. Puede decirse de todos modos que los autores son conscientes de que entre el libro de Stoker y el propio hay cien años de adaptaciones teatrales y cinematográficas, más una moda reciente (que va desde la conservadora Crepúsculo a la "progre" Trueblood) acerca del enfrentamiento de vampiros buenos y malos. Resulta inevitable que incorporen elementos de esa mitología reelaborada a lo largo de más de un siglo, y le agreguen algunas de las tendencias actuales.

Su Drácula proviene solo parcialmente de Stoker: le deben bastante a Coppola (la vinculación explícita con la figura histórica de Vlad Tepes), y a una tradición cinéfila que los lleva a adjudicar a algunos personajes secundarios los nombres de Lee (por Christopher), Price (por Vincent) o Langella (por Frank). Y las guiñadas se extienden a la incorporación de figuras históricas que era posible ubicar en Londres o París en el momento en que transcurre la acción, desde el actor John Barrymore al pionero de la aviación Henri Salmet, el productor y actor Hamilton Deane, el director teatral y cinematográfico André Antoine, y por supuesto el propio Stoker.

Nada de eso convierte al resultado en "gran literatura", y un purista puede objetar, incluso más allá de su convencionalismo básico, cierta insistencia en un erotismo explícito que es "antivampírico": si de Freud para acá se sabe que el vampirismo es sexo sublimado, ¿para qué insistir con el asunto real?

Se lo puede leer empero, pese a sus pasajes `gore`, con una semisonrisa en los labios, aunque puede ser más estimulante regresar (o descubrir) al espléndido original de Stoker del que este libro es, inevitablemente, un derivado menor.

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