Los vínculos entre el destacado pintor uruguayo Carlos Páez Vilaró y el arte del Brasil son muchos, tanto geográficos como estéticos. Ahora, con una exposición en San Pablo, ese nexo se reafirma, poniendo en diálogo a las dos culturas.
Con 86 años de edad sobre sus espaldas y 60 en el mundo de las artes plásticas, Vilaró dio un paso más en su fecunda carrera de creador y artista visual, al inaugurar el pasado martes 10 en la Galería Bia Doria de San Pablo, una gran exposición en la que exhibe sus trabajos más recientes.
Este regreso del artista al corazón artístico del Brasil es doblemente significativo, puesto que tanto esa ciudad como muchas otras de ese país han estado unidas a su trayectoria: ellas le han servido como fuente de inspiración y también como paisaje para proyectar su obra. En este caso, el pintor se plantó en esa prestigiosa galería, ubicada en Gabriel Monteiro da Silva 1802, con una serie de treinta obras que revela un impactante colorido y una estudiada composición.
El vínculo del artista uruguayo con el país del Norte es estrecho, tanto en amistades como en arte, y se remonta por lo menos a 1956, cuando publicó su libro Bahía. Junto al escultor Mario Cravo y el pintor Caribé, y estimulado por las obras de sus amigos Jorge Amado y Vinicius de Moraes, pocos como él supieron traducir en formas y colores la magia de las diversas geografías del colosal país.
Una década después, concretamente en 1965, Vilaró representó a Uruguay con su obra Plac-Art, trabajo notable con el que obtuvo el premio de la investigación del arte en la VIII Bienal de San Paulo.
De inmediato, el éxito obtenido en su exposición individual en la Galería Astreia, lo empujó a radicarse en San Paulo durante años. Desde su actividad allí surgieron varias exposiciones de referencia, entre ellas la de la Galería Portal. Pronto los museos brasileños comenzaron a albergar sus obras, como el Museo de Arte de Rio Grande do Sul y el Museo de Arte Moderno de San Pablo, así como el Palacio de Barriga Verde, en Florianópolis. Además, su propio atelier de Campinas se convirtió en un centro fermental de reunión y debate estético.
También los espacios menos convencionales fueron conquistados por Vilaró en Brasil, como cuando en Porto Alegre, en los hangares de la compañía aérea Varig, realizó la pintura de los aviones de Pluna, recibiendo de las manos del gobernador el título de ciudadano ilustre.
Otro hito en esta historia de un país y un artista tuvo como protagonista al Presidente Juscelino Kubitschek, quien lo invitó a visitar Brasilia, junto al escultor norteamericano Alexander Calder, ciudad en la que también expuso. En 1975, realizó el delineado del Helvetia Polo Country de Indaiatuba, donde trasladó su estilo de esculturas habitables.
Vinculando su arte a la tapicería, junto a Mirtes Mello Machado formó en Petrópolis el taller Girasol, y acompañado de Ariel y Susana Rodríguez fundó el Centro de Cerámica de San Paulo. Así, huellas artísticas de Vilaró han ido quedando por todo Brasil, entre ellas en sus murales paulistas, como el del Hotel Delphin de Guarujá, dedicado a Astor Piazzolla. Ahora, la Galería Bia Doria pasa a marcar un nuevo mojón.