MATÍAS CASTRO
Hace algunos días circuló la siguiente noticia: "Los tres hijos de Michael Jackson se encuentran bajo tratamiento psicológico". Por algún motivo, este hecho se convirtió en novedad. Que los niños vayan al sicólogo no es nada sorprendente. Con semejante padre y la extrema exposición a la que han sido siempre sometidos, deberían estar bajo tratamiento desde hace años. Sin embargo todo ha salido a la luz en estos días, a raíz de que La Toya Jackson dijo a la prensa que cada uno de los niños reaccionó de manera distinta ante la muerte de su padre y todo lo que ocurrió después. Y si se tiene en cuenta que su abuelo, el padre de Michael, ha vuelto a reclamar su tajada de la herencia argumentando públicamente que Michael le dijo desde ultratumba que lo apoya, se entenderá porqué los niños necesitan un delicado apoyo sicológico.
Buena parte de las figuras que circulan por el mundo del espectáculo, al menos en Estados Unidos, necesitan sicólogo, siquiatra u otro especialista, para tener algún asidero y evitar enloquecerse. Basta mirar el ejemplo de Britney Spears, convertida en una estrella mundial cuando adolescente, luego caída en desgracia y ahora resurgida a los golpes pero con bastante éxito. Lindsay Lohan es otro ejemplo de total locura desatada por el ritmo frenético que impone el estrellato y una familia compleja. Con todo, en los últimos meses ha conservado un perfil relativamente bajo, o al menos no tan escandaloso como hace un par de años, cuando vivía saltando de fiesta a rehabilitación y viceversa.
Y eso son solo dos ejemplos. Claro que los hijos de Jackson tienen una diferencia, no son artistas y son protagonistas de noticias por voluntad de otros. Pero a su modo, están en el mismo baile, uno que vemos de lejos, pero que implica su cuota de locura.