JORGE ABBONDANZA
Un idioma es la más hermosa herramienta de comunicación desarrollada por el hombre. A veces también es la más compleja, porque depende de la sensibilidad de cada uno para escoger los términos, se apoya en una laboriosa construcción de las frases y en un vocabulario cuya selección y riqueza corresponden al conocimiento de cada uno, todo lo cual se respalda en la conjugación de numerosos verbos cuyos modos y tiempos no siempre están al alcance de los jóvenes de hoy, de acuerdo a lo que puede escucharse por ahí. Cuando la comunicación se produce verbalmente, no basta con un adecuado manejo a nivel de gramática o sintaxis. Además hace falta una aceptable emisión de la voz, que proyecte las palabras con claridad de manera que pueda escucharlas el interlocutor en su totalidad y alcance así su significado.
Esa condición, que siempre es deseable, se convierte en una exigencia indispensable si quien habla es un profesional, como puede ocurrir con los locutores en la radio o los informativistas en la televisión. En este último caso, hay gente que habla impecablemente y que ha conquistado en buena ley el papel que desempeña, pero hay algún ejemplo al respecto que comete una de las peores faltas cuando la comunicación se realiza por vía oral. Esa falta consiste en bajar la voz al final de las frases, de forma tal que la última palabra ya no se escucha, como si el aire se le hubiera agotado en los pulmones a quien habla.
El problema se plantea no sólo en Montevideo sino también -sin ir más lejos- en la televisión argentina con alguna figura encargada de noticieros, lo cual permite pensar en ambos casos que a esa gente le resultaría muy útil un curso de respiración como el que cumplen los cantantes líricos, gracias al cual son capaces de mantener la sonoridad de una frase hasta el final. Apagar la voz en ese final es como si alguien que se expresa por escrito olvidara escribir la última palabra de cada párrafo. En el caso de la televisión, la carencia señalada sorprende doblemente ahora que ciertos periodistas se ufanan del calificativo de comunicadores, sin olvidar que hay carreras terciarias donde deben enseñar algunos principios elementales en la materia.
En el fondo, el peligro es que la palabra hablada pierda todo su valor en las relaciones humanas. Ya lo ha perdido pavorosamente a través del progresivo desconocimiento de la lengua que se produce por la gente que no lee, por quienes no se esmeran en expresarse correctamente, por quienes pueblan los márgenes de la sociedad y se manejan durante toda la vida con un vocabulario de treinta palabras, casi siempre balbuceadas o incompletas. Muchos episodios de violencia se producen porque quienes participan en ellos son absolutamente incapaces de entenderse a través de las palabras, un privilegio redentor que pertenece a los que cultivan el amor por el idioma y saben que sin una relación verbal o escrita no existe manera de que los hombres se comprendan, lleguen a un acuerdo y vivan en paz. Claro que ese pequeño prodigio exige que no se baje la voz al final de cada frase.