Wir sind das Volk

GERARDO SOTELO

Nosotros somos el pueblo". El grito se oyó en Leipzig, retumbó por toda la Alemania comunista y más allá del muro. "Wir sind das Volk", nosotros somos el pueblo. Un mes antes de aquel 9 de noviembre que estremeciera al mundo, varios miles de berlineses habían manifestado frente al Palacio de la República, como lo haciendo desde las fraudulentas elecciones municipales de mayo de 1989. Mientras el agonizante régimen de Honecker y su claque celebraban los cuarenta años de la RDA en la Alexanderplatz, en las calles crecían las muestras de malestar. Además de las cada vez más frecuentes manifestaciones, miles de alemanes huían hacia Varsovia y Praga para pedir asilo en la embajada de la República Federal Alemana. Aquel día, la fiesta se convirtió en un fiasco. A pesar de que la manifestación era pacífica, las fuerzas de seguridad reprimieron brutalmente y detuvieron a cientos de manifestantes. El muro de Berlín, caería con las mismas escenas de exilio masivo y rebelión popular que preludiaron su construcción.

"Nosotros somos el pueblo". Construido en 1961 para detener la incesante fuga de germano-orientales hacia Occidente, el muro sería el corolario de la represión al descontento de los berlineses. Ya en 1953, las demostraciones de repudio y las huelgas se extendieron por todo el país en contra la dictadura y sólo pudieron ser sofocadas gracias a las tropas soviéticas y a nuevas medidas represivas. En 1961, cerca de mil personas escapaban cada día de aquel infierno, construido en nombre de la emancipación de la clase obrera.

"Nosotros somos el pueblo". Más que una consigna, el grito era una bofetada al corazón del régimen comunista. El espíritu de libertad que alentaba a quienes intentaron en vano saltar el doble muro de concreto, los llevaba a arriesgar su vida para escapar hacia una ciudad sitiada. Lo hacía apenas para ser Dieter, Frederick o Frida, trabajar y vivir dignamente sin temer que un soplón o un lamebotas los pusieran de rodillas en las mazmorras de la stassi.

"Nosotros somos el pueblo". Cuando finalmente triunfó la "revolución pacífica", no había nadie en Berlín para cantar los fastos de Erich Honecker, el dictador que un mes atrás veía desfilar cien mil jóvenes que pedían en vano "fidelidad al "partido". La "Alemania democrática" se desplomaría, como todo el imperio soviético, en un abrir y cerrar de ojos.

La caída del muro de Berlín debe celebrarse como un triunfo de la libertad individual sobre los regímenes colectivistas y totalitarios. Sin embargo, aquel mismo año el clamor de los jóvenes chinos sería aplastado a sangre y fuego en Tian An Men, y aún hoy, millones de personas viven en el despotismo, la demagogia, la pobreza extrema o la guerra perpetua. La batalla no terminó, por cierto, pero todos saben que es el compromiso con la libertad lo que nos permite gritar, con los berlineses, Wir sind das Volk, "nosotros somos el pueblo".

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