El singular universo del canadiense Guy Maddin

Estreno. Se editó en DVD "My Winnipeg", con Ann Savage

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GUILLERMO ZAPIOLA

Sigue siendo el más original, creativo (e ignorado) de los cineastas independientes canadienses. Con solamente ello alcanzaría para justificar un vistazo a "My Winnipeg" de Guy Maddin, que acaba de salir en DVD.

Si cabe alguna definición para este film extraño, sugestivo, a veces provocativo y chocante, es el de "falso documental autobiográfico". El director evoca, inventa (o ambas cosas) episodios de su infancia y juventud, la relación de amor/odio con su ciudad natal, sus empeños en huir de ella, su comprensión final de que simplemente no puede porque lleva a Winnipeg impresa en el alma.

El film nació como un encargo para el canal televisivo The Documentary Channel, pero Maddin no se limita a construir un rutinario retrato en imágenes de la ciudad que sus productores acaso querían. Su película recoge experiencias subjetivas, recuerdos deformados, historias contadas por otros que provienen, indistintamente, de la realidad o la leyenda. El punto de vista subjetivo aparece reforzado por el hecho de que el propio director (o mejor dicho, su `alter ego` encarnado por el actor Darcy Fehr) se coloca en el centro del relato, viajando en un tren en una huida que se quedará en el grado de tentativa. Mientras narra esa fuga imposible, Maddin desliza ya algunas de las extrañezas que salpican su film, y que vaya uno a saber si son ciertas: ¿es posible que Winnipeg tenga un porcentaje de sonámbulos diez veces mayor que cualquier otra ciudad del planeta? Más aún: ¿hay en algún lado encuestas al respecto? Bueno, es una película de Guy Maddin.

En un espléndido blanco y negro, y con una apelación a una vasta cultura cinéfila que se nutre de fuentes tan variadas como el cine mudo, el expresionismo alemán, las sinfonías urbanas a la manera del documentalista Walter Ruttman, el montaje de choque del cine soviético, los melodramas hollywoodenses de los años cincuenta y elementos de experimentación y de vanguardia, Maddin construye un relato laberíntico, o más bien una estructura que consta de varios círculos concéntricos. Y la cinefilia se extiende hasta el `casting`: no es casual que haya elegido, para el papel de la madre, a la veteranísima y recientemente fallecida Ann Savage, legendaria `femme fatale` de decenas de films de clase B de los años cuarenta y cincuenta (y especialmente del admirable film `de culto` El desvío, 1945, de Edgar G. Ullmer).

Uno de los niveles del film es por supuesto la historia de la ciudad, que Maddin organiza intercalando material de archivo con las escenas reconstruidas (y con actores) que recrean su mundo familiar. ¿Verdades, mentiras, leyendas urbanas? Habría que ser de Winnipeg para saber cuánto informa y cuánto inventa el director, porque en esta evocación de pasado parece haber mucho de fantasía, de fábula, de increíble: la tragedia en un hipódromo o la historia de un parque de atracciones arrasado por los bisontes se entremezclan con la seguramente cierta huelga general de 1919, o la demolición de un edificio célebre que da lugar a alguna punta de crítica social y política.

Entrelazada con esta historia colectiva está la personal, el retrato de infancia y adolescencia armado en base a una mezcla de `home movies`, escenas reconstruidas y fragmentos de animación, salpicada de elementos oníricos delirantes o grotescos, y recorrida por un hilo muy perceptible: la disfuncionalidad familiar.

Quien conozca la obra previa de Maddin (que visitó Montevideo hace algunos años y presentó un bloque de sus películas en la Cinemateca) saben ya que su cine tiende a invocar a Buñuel, Murnau, Sternberg, Cocteau, David Lynch o el propio Ullmer, realizadores cuyo cine suele romper con cualquier tradición realista, y que también combina el surrealismo con temas, imágenes y atmósferas que conectan con su infancia, los cuentos fantásticos y el melodrama, especialmente Douglas Sirk (sus grandes films para la Universal como Lo que el cielo nos da, Sublime obsesión o Imitación de la vida) y su inferior heredero germánico Rainer Werner Fassbinder. Influencia e inspiración, no copia; integración de elementos diversos, no mero amontonamiento o yuxtaposición. El cine de Maddin es muy reconocible, muy personal, muy propio (si se quiere, muy discutible), y My Winnipeg es un ejemplo cabal.

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