Jorge Abbondanza
El hombre inventó los muros de defensa como refugio contra los agresores, y así los pueblos primitivos rodearon sus viviendas con vallas que después crecerían hasta convertirse en murallas colosales, desde Babilonia o Beijing hasta las ciudades medievales europeas. Ayer nomás los grandes centros poblados seguían protegidos por un muro: el de Montevideo fue demolido durante el siglo XIX, un largo proceso que finalizó en 1876, y el recinto amurallado de París recién terminó de derribarse en 1924, pero el centro histórico de Roma sigue envuelto hoy en los muros de Aureliano, que llevan en pie 1.700 años. Claro que esos ejemplos ya no son defensas sino reliquias o en todo caso curiosidades turísticas, como las murallas de Avila y de Carcasonne.
La protección de esos recintos perdió utilidad cuando el poder de la artillería aumentó hasta inutilizar la resistencia de cualquier pared, y más aun durante el siglo XX, en que el ataque ya podía venir desde el aire. Sin embargo, en este siglo XXI que es una era nuclear y potencialmente devastadora, los muros han recuperado un protagonismo que resultaría grotesco si no fuera tan deprimente por la finalidad que persiguen, porque se levantan para impedir que unos pueblos avancen sobre otros. En todo caso, ese anacronismo confirma que estamos de vuelta en la Edad Media, como decía Umberto Eco, es decir, encerrados y temerosos.
La muralla más grande del mundo fue alzada por los chinos para frenar a los nómades del norte, una obra de 6.000 kilómetros de longitud comenzada en el siglo III antes de Cristo. La más antigua de Europa fue implantada al norte de Inglaterra por el emperador romano Adriano para atajar a las tribus de Escocia. La más inútil fue construida por los franceses hacia 1930, se llamó Línea Maginot y no detuvo a los alemanes en la invasión de 1940. La más famosa fue el Muro de Berlín, construido por Alemania Oriental para impedir que sus ciudadanos escaparan hacia Occidente. Se mantuvo en pie 28 años y fue derribado a fines de 1989 durante la reunificación alemana. A esa altura mucha gente creyó que la edad de los tabiques divisorios había quedado atrás, pero se equivocó.
En los 80, Marruecos levantó una valla de piedra y arena de 2.300 km para aislar el Sahara Occidental de las incursiones del Frente Polisario. En los años 90, Estados Unidos colocó los primeros 120 km de muro en la frontera con México para detener a los inmigrantes ilegales. Hace tres años, Israel emprendió el tendido del muro en torno a Cisjordania bajo el miedo a los atentados palestinos, pero luego las murallas modernas se han multiplicado con las que rodean los enclaves españoles de Ceuta y Melilla o la de 1.126 km que Estados Unidos ha comenzado a alzar en su límite con México, según la ley que Bush promulgó el jueves 26.
A todo ello se agrega la que Arabia Saudita proyecta en su frontera con Irak (1.800 km), la que China ha comenzado a colocar en el límite con Corea del Norte (1.400 km) o la que los Emiratos Arabes Unidos tenderán en la línea que los separa de Omán. El pretexto es frenar la inmigración, el tráfico de armas o el contrabando, pero el resultado es el blindaje, la expulsión, el aislamiento y la discriminación, un agravio que resucita lo peor del legado medieval.