Desafíos urgentes

Uruguay tiene que enfrentar en forma urgente dos desafíos. Dos problemas estructurales graves, que si no son abordados de manera inteligente y pragmática por la clase política nacional, amenazan poner fin a la sociedad uruguaya tal como la conocemos. Y lo más preocupante es que en plena campaña electoral, son pocas las ideas y propuestas que se han escuchado acerca de estos temas de boca de los candidatos en contienda.

El primero de esos desafíos es el tema de los asentamientos irregulares. Los viejos cantegriles, aunque los expertos en la actualidad, en base al desarrollo que han tenido estos barrios sumergidos, discuten acerca de la pertinencia de tal calificativo para englobar un problema de dimensiones tan extendidas. Según el gobierno son casi 200 mil personas las que viven en más de 670 asentamientos en todo el país, un 6% de los uruguayos, y un 11% de los montevideanos. Pero para la organización Un Techo Para Mi País los números son más altos, y según su propio censo serían ya más de 250 mil las personas que viven en esa situación. Y lo que es más grave, entre el 2001 y el 2008 la población de los asentamientos creció un 10,6%.

Las causas de este problema son variadas, y se han ido modificando a lo largo de las últimas décadas. Lo que empezó siendo un fenómeno protagonizado por trabajadores rurales que venían a la ciudad en busca de oportunidades laborales que desaparecieron con el modelo de sustitución de importaciones que murió en los 60, se transformó en un proceso a la inversa, que pasó a nutrirse de trabajadores urbanos expulsados del sistema formal de empleo y vivienda.

Por encima de los fríos números, cualquiera que haya recorrido los alrededores de la ciudad y haya visto estas barriadas con sus calles intrincadas, con sus pobladores que en muchos casos viven completamente de espaldas a la sociedad formal, se da cuenta que eso es una receta para el desastre. La ola de delincuencia juvenil que azota al país es una primera muestra de lo que pueden producir estos "ghettos" donde generación tras generación va creciendo un nuevo tipo de uruguayo, totalmente ajeno a las tradicionales pautas de convivencia social. Y las consecuencias de la inacción frente al problema se pueden ver en todas las grandes ciudades latinoamericanas.

Pero hay un segundo gran desafío que enfrenta hoy la sociedad uruguaya, y que se ha visto aun más ausente del debate electoral. Se trata de la persistente corriente emigratoria que año a año se lleva del país a los jóvenes más preparados, condenando a nuestra sociedad a sufrir las consecuencias de la vejez y de la chatura. Dos fenómenos de los que el propio debate electoral ya está exhibiendo su impacto.

Según datos oficiales, entre el 2000 y el 2006 se fueron 40.000 uruguayos de los cuales más de la mitad tenían entre 20 y 30 años. De esta población, promedialmente, un 15% tenía estudios universitarios. Más recientemente en 2007, sólo por el aeropuerto de Carrasco emigraron 16.603 uruguayos, de los que el 50% tenían estudios universitarios. Se trata, a diferencia de lo que ocurrió en algún momento de nuestra historia, de un "exilio" netamente económico. Existen estudios comparativos, especialmente en el área de la salud, que muestran las diferencias abismales en materia de salario y crecimiento profesional, que hacen que haya profesionales que prefieran irse a trabajar a Bolivia, que quedarse en Uruguay. Según otro estudio la propensión a emigrar de los profesionales universitarios recién egresados llega a más del 50%. Alarmante.

Y aquí corresponde hacer un enfoque político del tema. El actual gobierno ha planteado políticas asistencialistas para enfrentar la exclusión. Sin embargo, pese a planes de emergencia y programas afines que habrían reducido la pobreza extrema, la población de los asentamientos sigue creciendo.

Y el panorama en materia de desarrollo profesional de jóvenes preparados es más dramático aun. La reforma tributaria ha caído con particular saña sobre los uruguayos más trabajadores y emprendedores, y el aumento del aparato estatal ha cargado sobre sus espaldas con más burocracia. Basta ver las complicaciones que insume abrir o cerrar una mínima empresa unipersonal, para darse cuenta de lo difícil que es intentar progresar en la sociedad uruguaya de hoy, con lo cual las ofertas del primer mundo para estos jóvenes profesionales se vuelven aun más tentadoras.

¿No habría que buscar otro camino?

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