Confianza merecida

Los variados hechos folclóricos que han llamado la atención de la opinión pública en esta campaña electoral, más los comentarios que provoca su natural desarrollo, han hecho pasar casi desapercibidas las conclusiones de una investigación publicada por el "Barómetro de las Américas", que edita la Universidad Vanderbilt de Estados Unidos donde se examina hasta qué punto los ciudadanos latinoamericanos confían en tribunales electorales en América Latina y el Caribe. De ella surge que entre veintiún países estudiados, y casi treinta y cinco mil entrevistados, luego de un análisis riguroso, Uruguay ocupa el primer lugar, seguido por Costa Rica, República Dominicana, México y Chile, en una lista donde continúan, entre otros, Bolivia, Venezuela y Brasil y que cierran en los extremos más bajos, Honduras, Argentina, Haití y Paraguay.

Ese resultado debe recibirse con natural satisfacción y como un merecido reconocimiento a la gestión cumplida a lo largo de ochenta y cinco años de vida institucional por la Corte Electoral.

Creada por ley del 9 de enero de 1924 y reconocida en la Constitución de 1934, luego de una fecunda legislación electoral que se desarrolló a lo largo del siglo XIX, desfilaron por ella prestigiosas figuras del quehacer nacional, a quienes secundaron técnicos capaces y funcionarios dedicados, por lo que es a esa tradición y a su actual prestigio a los que debe adjudicarse este mérito.

Le llega además, como un tardío desagravio ante un Parlamento que le retacea la provisión de vacantes o no acompaña iniciativas en las que se ha manifestado su interés y un Poder Ejecutivo que le restringe la disponibilidad de los recursos, por lo que es de esperar que, de acuerdo a estos nuevos méritos, se le otorguen los medios necesarios para cumplir con holgura el futuro inmediato que le espera, a través de las presumibles dos vueltas de las elecciones nacionales y una elecciones municipales el año próximo.

Debe ser útil, también, para que la ciudadanía se aproxime a ella apoyándola en las tareas que tiene asignadas, tanto en la integración de las distintas Comisiones Receptoras de Votos, ya sea como Presidentes, Secretarios o Vocales o como Delegados Generales o Circuitales.

En este último sentido, los militantes nacionalistas tienen la obligación política y partidaria de acercarse a las distintas agrupaciones para ofrecer su trabajo el día de las elecciones, a los efectos de que no quede mesa sin cubrir ni circuito alguno sin atender, en lo que es la tarea más importante que, junto con el voto, pueden desarrollar en esa jornada. El entusiasmo que hoy vuelcan en las calles, tanto jóvenes como adultos, debe extenderse hasta el domingo 25 en esta otra tarea cívica de singular trascendencia.

La Corte Electoral ha llamado la atención sobre las numerosas bajas que se han producido en las nóminas de funcionarios que inicialmente se habían indicado por las oficinas como dispuestos a participar y, por primera vez en su historia, ha abierto un registro de voluntarios en todo el país que quieran hacerlo, donde ya se habrían inscripto cerca de setecientos interesados. Hay que responder a esa convocatoria y respaldar al organismo en sus propósitos, que en definitiva están al servicio del régimen democrático, de las mejores tradiciones nacionales, y en esta oportunidad, de un valioso reconocimiento internacional.

Cada cinco años, a la ciudadanía le corresponde así un doble rol protagónico que hace efectivo a través del ejercicio del voto y que debe extender a esa otra labor electoral que tiene asignada y que no siempre se valora en sus debidos términos. En esta oportunidad, a las razones cívicas, se agrega la necesidad de apoyar ese merecido reconocimiento a la Corte Electoral, en donde todos y cada uno de los uruguayos tiene su cuota parte de mérito.

Se cuenta, con ese propósito, con la invalorable presencia de una juventud militante y entusiasta, que ya con motivo de las elecciones internas y desde entonces todos los fines de semana en las calles y barrios de Montevideo, y en muchas ciudades del interior, ha salido a manifestar su presencia, reclamando un lugar al que tiene derecho.

Los escasos días que nos separan del domingo 25 obligan por lo tanto, y en especial a todos los nacionalistas, a reclamar un lugar y a reivindicar un puesto de trabajo en lo que ha de ser una jornada de triunfo.

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