REBAR
Se comenta que alguien, para confirmar con la acción la fuerza de la frase, escribió: "Herrar es umano". Esto mismo pudo decirlo Cristóbal Colón al volver a España luego de su viaje de 1492, y presentarse ante los Reyes Católicos con el informe "in voce" de su travesía:
-Disculpen, majestades: le erré como a las peras, pero finalmente algo descubrí.
Afirmado en su colosal conocimiento de lo desconocido: encedida su imaginación con la lectura de viajes a que invitaba la literatura medieval; lograda la aprobación de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla para ser los "sponsors" de su fabulosa aventura, el navegante genovés partió del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, para buscar la costa oriental de Asia, y descubrió... ¡las islas del Caribe!... el 12 de octubre, cuando el vigía Rodrigo de Triana (nombre de cantaor flamenco, el tipo) gritó "¡Tierra!!!", única palabra que aprendiera de memoria para el caso de que el Comandante tuviera éxito con su exploración. En homenaje a esa glorificación del despiste total, en fecha como la de hoy el mundo hispánico celebra, todos los años, el Día de la Raza, tanto como un nuevo aniversario del Descubrimiento de América.
Pero, como les digo una cosa les digo otra. Ironizar sobre el error colombino es fácil: en la dimensión actual del disparate, es como si los astronautas que se prepararon para llegar a la Luna hubiesen aparecido en Marte. Sí, es verdad. Pero, es igualmente cierto que debe reconocérsele a Colón el mérito de abrirles las puertas a las más grandes "chambonadas" oceánicas protagonizadas por sus imitadores más inmediatos.
John Cabot -curiosamente de origen italiano, pese a su nombre- un día de 1497 se despidió de su hinchada en Bristol, para descubrir nuevas tierras al otro lado del Atlántico. La tripulación advirtió que iban como para Villa Muñoz, pero nadie se animó a decírselo, ya que lo veían entusiasmado -casi eufórico- lanzando repetidos "Vamo`arriba!", mientras cortaba camino impulsado por su objetivo de dar con una ruta hacia la China: pero, ligeramente confuso e intensamente atolondrado, terminó parando en Norteamérica.
En marzo de 1500, Pedro Álvarez Cabral emprendió un viaje a la India como punto terminal del boleto. Un viento de la Gran Tormenta lo sorprendió en medio del Atlántico, y ya no recordó adónde iba, ni por qué ni para qué: ancló accidentalmente en Brasil donde, para colmo de males, no conocía a nadie.
Abundan episodios como éstos en la versión acuática de "la comedia de las equivocaciones". Desde el sillón que le reservó la Historia, don Cristóbal echará un vistazo a su descubrimiento; y luego de ver cuanto ocurre en Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Haití, Honduras, y algún etcétera que dejó a su elección, podría preguntarse: "Para terminar en esto, ¿valió la pena navegar durante 70 días, a los bandazos... y sin un miserable desodorante de ambiente?"