Un silencio espeso rodea el 40º aniversario del sangriento copamiento de la ciudad de Pando ejecutado por los tupamaros el 8 de octubre de 1969. Todos los años, los miembros de ese grupo hoy integrado al MPP-Frente Amplio, conmemoran y reivindican esa fecha con la infaltable presencia de sus líderes históricos, entre ellos José Mujica. Sin embargo, para hoy no hay nada previsto, quizás porque los asesores del candidato oficialista le aconsejaron abstenerse de evocar una fechoría tan absurda como sangrienta a pocos días de las elecciones nacionales.
En aquel entonces, los tupamaros quisieron demostrar su poderío bélico imitando acciones típicas de la guerrilla castrista. Así fue que intentaron apoderarse de algunos de los edificios públicos más relevantes de Pando en una suerte de gimnasia revolucionaria con visos de acción publicitaria. Eran tiempos democráticos, con Parlamento funcionando y una prensa libre que cubría los golpes terroristas de los tupamaros. La intentona, como podía esperarse, les salió mal y terminó en desastre. Quienes pagaron con su vida aquella locura de sangre y fuego no fueron los capitostes del grupo armado, bien abrigaditos en la retaguardia, sino tres jovencitos, integrantes del movimiento, enviados a la muerte porque sí.
A esas tres víctimas de la acción policial se sumó la de un empleado bancario, de apellido Burgueño, herido de muerte mientras aguardaba el autobús en una calle de Pando. Varios policías resultaron baleados en aquel asalto de opereta a una ciudad desvalida, pero como es sabido, la historia reescrita por los tupamaros y sus adláteres de la academia no manifiestan interés por los agentes del orden heridos o muertos en defensa de las instituciones, razón por la cual ellos suelen omitir datos sobre las víctimas de la violencia.
Así lo hizo siempre José Mujica, permanente orador en los actos de los 8 de octubre, quien el año pasado, en esta fecha, glorificó aquel cobarde atentado de Pando en donde y él otros dirigentes alentaron a los más jóvenes a tener su "bautismo de fuego".
De ese episodio, como de tantos otros crímenes inexplicables, Mujica jamás se arrepintió.