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JORGE ABBONDANZA
Es el mayor negocio del planeta. La venta de armas está por encima de los inmensos beneficios que deja el comercio de la droga o el consumo de petróleo. Eso ocurre por la sencilla razón de que el hombre ha estado siempre en guerra, desde la aurora de la civilización, y por lo tanto necesita armarse. Hace poco, un estudio demostró que si el mundo de hoy dejara de comprar armas, el dinero disponible podría alimentar a los 800 millones de personas que pasan hambre. Pero el mundo prefiere comprar armas.
El tema adquirió una repentina actualidad en estos días, porque Brasil acaba de firmar un contrato para comprar a Francia submarinos y helicópteros por un total de 12.000 millones de dólares, a lo cual podrán agregarse otros 5.000 millones para adquirir más de treinta aviones de combate a ese mismo país. Ello sucede mientras 70 millones de brasileños viven en estado de pobreza, pero las autoridades justifican el gasto invocando la necesidad de tener "un poder de fuego disuasivo" para defender los yacimientos de petróleo descubiertos en el mar frente a las costas del país, una reserva que se calcula en 50.000 millones de barriles. Por lo visto, Brasil teme que algún otro país le arrebate esa riqueza y quiere ganarle de mano.
La verdad sobre el despilfarro que supone la compra de armas, es sin embargo más difusa. Un país que disponga de gran armamento tiene más prestigio que otros, y así ha ocurrido desde Julio César hasta Napoleón y luego hasta Hitler, sin olvidar la carrera nuclear que vino después. Claro que el prestigio no abarca solamente al que compra, sino también al que vende. Durante el año pasado, Estados Unidos se afianzó como el mayor vendedor de armas del mundo, por un total de 37.800 millones de dólares, monto que equivale al 68% de todo el comercio de armamentos. No se trata de un negocio limpio, porque incluye las minas anti-persona, un arma repugnante que deja por año unos cuantos millones de personas lisiadas en países como Angola, Cambodia o Somalía, y cuyos principales fabricantes son Estados Unidos y China, que se niegan sistemáticamente a firmar acuerdos para la eliminación de esos artefactos.
Detrás de Estados Unidos, los países que venden más armas son Rusia, Francia y también Italia. En ese último caso sería aconsejable que se pronunciara Benedicto XVI, ya que se empeña sabiamente en opinar sobre tantos otros aspectos vinculados a la realidad italiana. Por eso, parece oportuno señalar al Vaticano -o a quien sea- que la venta de armas en el año 2008 totalizó 55.200 millones de dólares. Al accionar esos gatillos se sigue matando a mujeres, niños y ancianos en Irak o en Afganistán, entre otras comarcas, mientras no sólo el gobierno brasileño sino también el venezolano (por hablar de Sudamérica) concretan enormes adquisiciones de armamento. Cabe preguntarse si en los caseríos miserables de Caracas o en las favelas de Rio de Janeiro tendrán idea del escandaloso monto de esas compras, aunque es probable que a la pobre gente le guste la idea de que su país se arme hasta los dientes.
El doctor Freud debería estar vivo para razonar sobre el atractivo casi erótico de las armas y así demostrarle a la humanidad no sólo sus impulsos suicidas, sino además toda su crueldad y también la estupidez que prefiere gastar en municiones lo que no quiere gastar en pan.
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