Néstor Kirchner lo quiso hacer hace dos meses, cuando en la República Argentina se definían trascendentales elecciones parlamentarias. Más allá de que se presentaba como candidato, lo que estaba en juego era una suerte de plebiscito sobre el estilo y la gestión del matrimonio presidencial. Para ello no tuvo empacho en impulsar a través de un juez "amigo" una denuncia penal contra su principal adversario, Francisco de Narváez. Kirchner sabía que su burda movida no tenía asidero jurídico, pero buscó "ensuciar" la cancha para distraer la atención ciudadana de los verdaderos temas que estaban sobre el tapete.
La jugada le salió mal. Kirchner quedó quemado, el juez quedó quemado y De Narváez resultó victorioso.
Algo parecido da la sensación que ocurre en nuestro país con la denuncia presidencial contra el Comité de Emergencia de Durazno, que encabezaba Carmelo Vidalín. Como dijo el sábado en su columna Enrique Beltrán -con una larga, brillante y limpia trayectoria política y periodística sobre sus hombros- "no creo que haya ocurrido en mi país algo parecido (...) de que el Presidente arroje todo el peso de su investidura para emprenderla penalmente contra un Intendente que, entre otras cosas (...) es un duro opositor a su gobierno".
Como no creemos en las casualidades ni en las coincidencias -menos en año electoral-, da la impresión de que Vázquez se vio venir el escándalo de Antel -el almanaque dice que ya debería estar enterado cuando denunció a Vidalín- y buscó, como gran prestidigitador que es, distraer la atención del pueblo. Si Vázquez hubiera respetado la Constitución y hubiera quedado al margen de la campaña electoral, su denuncia tendría todo el peso de su investidura. Pero no. Resolvió bajar a la cancha y actuar como operador político del Frente Amplio. Y entonces, su denuncia nos llena de dudas y queda bajo sospecha. Que son mayores por sus antecedentes.
Vázquez, al comienzo de su mandato, no tuvo ningún miramiento en embestir contra la competencia privada en su especialidad profesional y borró de un plumazo a los Leborgne. El ataque a Vidalín encuadra en esa línea de conducta.