Flacos y petisos. Así describen los agentes sanitarios del Centro Periférico de La Cava, en Beccar, partido de San Isidro, a los habitantes de esta villa. "El habitante medio de La Cava no pasa del metro setenta".
En La Cava, donde viven unas 13.000 personas, el 70% de los jóvenes está en contacto permanente con la droga; el 50% de los adolescentes trabaja informalmente; más del 40% de las embarazadas serán madres de niñas y apenas un tercio de ellas, de 13 a 14 años, alcanza su peso acorde a su edad y su talla. El grueso de los habitantes que ocupa las 22 hectáreas de la villa es gente de trabajo.
"El 20 y Quinta del Niño -dice María Fernanda Miño, mientras amamanta a Florencia, su segunda hija- se diferencian por sus casas de ladrillo y ventanas con vidrios. Es como la clase alta. El centro de la villa es lo más marginal. No es lo mismo caminar por Quinta o el 20 que por El Pozo. No es igual vivir en Cava Chica que en Cava Grande. Tampoco, ser argentino que chileno, ni paraguayo que peruano. Los grupos funcionan como carteles: los chilenos sin punguistas; los paraguayos, cuchilleros; los bolivianos, los que les quitan trabajo a los argentinos; los argentinos, vagos, y los peruanos usurpadores".
El padre Jorge García Cuerva fue uno de los dos párrocos de La Cava durante 6 años. Ahora vive en una villa de Pacheco. "Hay chicos que, cuando les preguntás cómo se ven dentro de un año, te responden: Muertos", afirma.