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Solís. Tocaron obras de Strauss y Beethoven
ALEXANDER LALUZ
El concertino se adelanta y la orquesta comienza a afinar. Contrariamente a lo que estamos acostumbrados, el trámite dura muy pocos minutos. Luego el silencio. Entra Zubin Mehta. Y antes que terminen los aplausos comienza la música.
No fue el Don Juan de Strauss que todos esperaban, sino nuestro Himno Nacional. Una épica y vehemente interpretación, con toda la Filarmónica de Israel de pie, que rescató el espíritu operístico de la pieza de José Debali y Francisco Acuña de Figueroa, y brilló con una soberbia performance de la sección de metales. Sin mediar pausa, el himno de Israel. Por fin la solemnidad que imponen los himnos fue celebrada con una interpretación tan musical.
Con esta apertura ya estaba todo o casi todo dicho, especialmente para quien fue a escuchar por primera vez en vivo a esta orquesta y a su director titular y vitalicio, el pasado sábado en el teatro Solís.
No fue un concierto que deslumbró con revisiones innovadoras de un repertorio muy conocido, y de referencia ineludible para cualquier orquesta sinfónica. El valor estuvo en el compromiso interpretativo de los músicos y la solvencia de un director que, a sus 73 años, mantiene una vitalidad y una concentración notables (y envidiables).
Una mirada pautaba la precisión en los ataques, la justa articulación rítmica. Un gesto mínimo, apenas una flexión de las piernas, servían para adelantar la intención expresiva de la frase musical que irrumpiría unos compases después. La pirotecnia quironímica (esa con la que se suelen encandilar cuando falta la música) eran innecesarias.
El colectivo sinfónico conoce al detalle a su director. Y ese ensamble realmente se escucha y se disfruta, incluso en la inmediata corrección de pequeños desajustes. Así fue con Richard Strauss y sus Don Juan Op. 20 y Las alegres aventuras de Till Eulenspiegels Op. 28. Dos piezas repletas de imágenes evocativas de paisajes, personajes, estados de ánimo, que funden de manera virtuosa las estructuras sonoras con el programa que las gestó y sostiene. Valiosas muestras del impulso que tuvo la música descriptiva durante el siglo XIX, y reconocidas por etiquetas como poema sinfónico o música programática. Además, un lenguaje del que Mehta ha demostrado a lo largo de su extensa carrera un conocimiento y un dominio de estatura magistral.
Beethoven y su Sinfonía N° 7 Op. 92 fueron reservados para el final. Una obra exigente, que continúa la línea de innovaciones que habían explotado con la número tres, conocida también como Heroica. Beethoven releva aquí su inteligente trabajo formal y la habilidad para el tratamiento de estructuras de gran impulso rítmico. Cualidad que llegan a un punto culminante en el cuarto movimiento, en el que Mehta y la orquesta lograron una memorable interpretación, muy concentrada y plena de energía.
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