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HUGO GARCÍA ROBLES
En los últimos tiempos los detalles que conciernen a la enfermedad que terminó con la vida de un compositor famoso, se han visto iluminadas por los avances de la medicina. Por supuesto que no siempre la muerte de un músico ha estado rodeada de incertidumbre respecto a la causa. En el siglo XIX, la recurrencia de la tuberculosis, "el mal del siglo", se sabe que segó las vidas de Bellini y Chopin, para citar solamente a dos maestros víctimas de ese mal.
La enfermedad que levantaba entonces tanto temor y que invade la música del siglo XIX, piénsese en La Traviata, había sido detectado en la vida de Chopin. Al pasar, podría recordarse el invierno fatal que pasó en Mallorca con George Sand, en condiciones de alojamiento inadecuadas, acosado además por el temor al contagio de los habitantes de la isla. La segregación que engendra hoy el Sida tiene antecedentes variados.
A medida que nos alejamos en el tiempo, los datos sobre la causa de la muerte se diluyen. No hace mucho tiempo que el examen de cabellos pertenecientes a Beethoven reveló la presencia de cantidades muy altas de plomo. Se intentó determinar a qué se debía esa dosis inaceptables del metal en el organismo del músico y se especuló que, muchas veces, en los tiempos que le tocó vivir, los medicamentos recurrían a envases de plomo.
Hasta el momento de esa noticia, las causas de la muerte de Beethoven se asociaban a trastornos en el hígado, una cirrosis atrófica, a pesar que el maestro no era un consumidor desmedido de alcohol.
Hace pocos días se conoció la noticia de cuál fue la enfermedad que condujo a Mozart a la muerte. El genio de Salzburgo contaba con treinta y cinco años y su prematura desaparición le impidió terminar el Requiem que quedó inconcluso en su lecho final. Hasta hoy se suponía una fiebre tifoidea, dejando de lado la leyenda del envenenamiento que inculpaba a Salieri. Pero de acuerdo con esta reciente información, la causa fue un estreptococo que le provocó una enfermedad renal.
La revista norteamericana Annals of Internal Medicine publicó un trabajo firmado por los especialistas Richard Zegers, Andreas Weigl y Andreas Steptoe, quienes llegan a esa conclusión examinando los síntomas de los últimos días de Mozart, cotejándolos con las enfermedades que eran comunes a fines del siglo XVIII en Viena.
Quizá la reflexión que es posible extraer de estas miradas hacia el pasado a propósito de la salud, la vida y la muerte de los artistas mencionados, como de muchos otros, es que la ciencia actual los hubiera salvado y que el Requiem y todo lo impredecible que podía esperarse de Mozart no se hubiera perdido. Ver el pasado desde la situación del presente es la "ucronía", fórmula falaz e inútil de preguntarse cómo pudo ser de otro modo lo que ya sucedió.
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