Para un país chico como Uruguay, la figura del Canciller es hasta más importante que la del Ministro de Economía. Y, mientras va llegando la hora de los balances para este gobierno que se acerca a su fin, es claro que uno de los mayores déficits que el mismo ha presentado es en política exterior.
Durante la administración Vázquez, Uruguay tuvo dos Ministros de Relaciones Exteriores: Reinaldo Gargano y Gonzalo Fernández, que han sido en su función como el día y la noche. Por encima de simpatías o de compartir en mayor medida la gestión de uno u otro, eso ya de por sí está mostrando la falta de perspectiva con la que el gobierno ha encarado un tema tan importante. Mientras que los países serios, que saben cual es su lugar en el mundo, y hacia donde quieren ir, tienen políticas exteriores definidas, claras, y consecuentes, parece increíble que el pequeño Uruguay se dé el lujo de en solo 5 años asumir cambios tan drásticos en la materia. Señal clara o de que no se le dio al área la importancia debida, o que no se tiene idea definida de lo que se quiere.
La nominación del veterano líder socialista Reinaldo Gargano como primer canciller de este gobierno fue sin duda una de las más polémicas que tomó al asumir. Era público y notorio que no se trataba de una opción del Presidente, sino el producto de esos tejes y manejes internos, solo comprensibles para quien es muy ducho en la trama del conglomerado frenteamplista. Gargano nunca fue un hombre que se distinguiera por sus dotes diplomáticas ni por una capacidad superior para ganarse amigos, pero eso no era lo peor. Lo grave era que se trataba de un personaje preso de terribles preconceptos y complejos ideológicos, que llegaba al cargo con la obsesión de imponer una agenda que iba más por el lado de sus atrasadas visiones políticas, que por velar los intereses a largo plazo del país. Las consecuencias fueron nefastas.
Una de sus primeras medidas fue establecer relaciones con la nación saharaui, algo que difícilmente estaba en el ranking de preocupaciones de nadie en el país. Y de ahí en adelante fue barranca abajo. Fue un elemento irritante y agravante en el delicado conflicto con Argentina; enfrentó al propio Presidente cuando la negociación del TLC con Estados Unidos; descuidó de manera lamentable los aspectos comerciales de su cartera, y le dio a su gestión un tinte ideológico, propio de alguien que se olvidó de cambiar el almanaque hace 30 años.
Cuando el presidente se dio cuenta de su error, y lo reemplazó por su colaborador de confianza Gonzalo Fernández, el daño ya estaba hecho. Si bien Fernández buscó dar un tono más eficiente a su gestión, y solucionó algunos de los errores de su antecesor y correligionario socialista, es también evidente que no se trata de un diplomático profesional. Y en un área que exige tanta preparación, eso se nota.
Uno de los "rubros" que más ha sufrido todos estos cambios ha sido el del impulso comercial que maneja la cancillería. Como prueba baste decir que en las últimas "convocatorias" a embajadores para buscar nuevos mercados ante la caída de las exportaciones por la crisis global, se obvió llamar a los representantes en los principales países de Asia. Justo los mercados más pujantes y los que se están recuperando en forma más rápida. El país no se puede seguir dando estos lujos. La región se encuentra en una encrucijada histórica, donde los procesos de integración comercial se ven afectados por un proteccionismo rampante, las tensiones políticas han llegado a puntos explosivos, como entre Colombia y Venezuela, el país más grande como es Brasil, trata al continente como su patio trasero, ensoberbecido con sus aspiraciones de jugador global, y antiguas potencias como Argentina, parecen al borde de hundirse nuevamente en sus propios infiernos políticos interiores.
Ante todo esto, ¿cuál va a ser el rol de Uruguay? ¿Volverá a jugar su histórico papel de operador inteligente siempre valorado por sus vecinos? ¿Buscará proponer soluciones originales para rescatar el desdibujado Mercosur? ¿Jugará una carta "a lo Chile" para buscar sus soluciones fuera de la región? ¿Se alineará con el eje bolivariano o el de los países más cercanos a Estados Unidos?
Son decisiones urgentes que este gobierno que termina nunca se decidió a tomar, y que deberán ser vitales a la hora de elegir entre las propuestas de quienes aspiran a sucederlo.