Aún mando yo

Es tan discutible la idea de Tabaré Vázquez de trasladar los restos de Artigas que es preciso buscar explicaciones para una actitud presidencial tan inoportuna.

En tren de especular, tras esa propuesta parecen asomar dos obsesiones típicas del final de una presidencia: por un lado, el deseo del gobernante de dejar marcada su impronta personal en algún monumento o construcción relevante; por otro, la necesidad de afirmar hasta el último día de su mandato que aún se está al comando de la nave del gobierno.

Ambas pulsiones podrían explicar, aunque no justificar, la insistencia de Vázquez en su afán de terminar con el mausoleo del prócer.

La tentación de pasar a la historia a través de obras materiales cargadas de simbolismo suele atraer a los gobernantes. Sobre todo cuando esas expresiones pueden conectarlos con las claves del pasado y las tradiciones de un país.

O más aún cuando los vinculan a sus grandes figuras, en este caso la máxima, es decir, José Artigas. Sacar sus restos de donde están ahora y depositarlos en un museo que pasaría a convertirse, según dicen, en una suerte de sepulcro didáctico, será un hito -no el último, seguramente- en la trayectoria del héroe nacional, algo que en el futuro se asociará a la presidencia de Vázquez.

Otro elemento que asoma tras esta inconveniente iniciativa podría ser el anhelo de su autor por confirmar que sigue siendo el jefe de gobierno, mal que le pese a quienes ya se inclinan por aceptar el nuevo liderazgo del candidato de la izquierda, José Mujica, o a aquellos que desertan del elenco gubernamental por una razón u otra. El síndrome de abandono suele apoderarse de quienes, junto con la proximidad de su retiro de las altas funciones, empiezan a sentir que sus poderes sobre la administración e incluso sobre el partido de gobierno se debilitan inexorablemente.

Todo ello sazonado por la inveterada tendencia fundacional expuesta por Vázquez desde el comienzo de su mandato: el escudo nacional sustituido por un sol naciente y las efemérides opacadas, dan cuenta de su deseo de escribir otra vez la historia patria, un intento del que ni siquiera Artigas se salvaría.

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