Haciendo ruido lejos de casa

MATÍAS CASTRO

Cuando una persona solo se comunica con el mundo a los gritos y combina esta actitud con las ínfulas de divismo, hay problemas. Aclaración: gritar no quiere decir necesariamente levantar la voz, sino que puede consistir en armar un gran barullo alrededor de uno. Las palmas, esta semana y en esta categoría, se las lleva Wanda Nara.

¿Por qué? Wanda, joven vedette argentina que saltó a la fama alardeando en televisión de su inverosímil virginidad cuando todavía era una adolescente, vive actualmente en Porto Alegre junto a su marido, futbolista, y su hijo. Hace cuestión de una semana ella iba junto con su madre conduciendo su camioneta (que según trascendidos cuesta cien mil dólares), en busca del estadio donde iba a jugar su esposo. Como se perdió, le pidió indicaciones a un taxista, que le dijo que lo siga. La pobre de Wanda, cuando se dio cuenta, vio que terminó en una zona bastante inhóspita en la que no había estadio alguno ni en un dibujo. Y de repente se vio rodeada, o eso cuenta ella, por gente que la quería asaltar. Puso pies, o ruedas, en polvorosa de inmediato. Pocas horas después se ocupó de que todo el mundo se enterase del asunto y de lo traumática que había sido la situación para ella. Cualquier persona se asustaría mucho, es cierto, pero en su caso, contaba con un arma que no tienen todos: la fama. Y por televisión dijo que había una mafia del taxi, descargando su bronca casi como hizo Susana Giménez al hablar de los delincuentes. El presidente del sindicato de taxistas de la ciudad, bastante sensato, le respondió en público y le dijo que en lugar de hablar de una mafia solo por un hecho aislado, le convenía hacer una denuncia puntual en la comisaría.

No es la primera vez que Wanda tiene una actitud así para llamar la atención. Es su forma de comunicarse. Y, para peor, está lejos de Argentina, donde tiene cámaras y atención de sobra.

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