Luciano Alvarez
Mi primer encuentro con Juan Lavalle fue en la novela de Ernesto Sábato "Sobre héroes y tumbas". Luego lo busqué en la Historia, incluso le dediqué mi memoria de grado para egresar del IPA.
"Sobre héroes y tumbas" eleva a un romanticismo metafísico la peripecia de aquel oscuro y mediocre sujeto, aquel compadrito de la guerra, aquella "espada sin cabeza", una entre las tantas que han fatigado nuestras tierras americanas.
Hijo de una rica familia de Buenos Aires, Juan Lavalle se destacó en las guerras de la independencia, particularmente en el Ejército de los Andes. Hizo la guerra contra el Brasil por la Banda Oriental y a su regreso perpetró un golpe de Estado contra el gobernador Dorrego al que fusiló miserablemente, instigado por las cabezas sin espada del partido unitario, pero asumiendo una responsabilidad que no podía declinar. El remordimiento del crimen le persiguió el resto de sus días -está ampliamente documentado- pero no produjo ninguna conversión moral ni promovió en él la cautela y la compasión.
Dorrego fue asesinado en diciembre de 1828; el 26 de abril del año siguiente, las fuerzas federales de Juan Manuel de Rosas y Estanislao López derrotaron a los unitarios en Puente de Márquez, en las proximidades de la ciudad de Buenos Aires. Lavalle le escribió a Rosas para arreglar el tema "entre porteños", luego fue hasta su campamento, se abrazaron, tomaron mate y firmaron un acuerdo. Rosas quedó dueño de la situación y Lavalle se vino para el Estado Oriental, pagó ochocientos pesos por unas once mil hectáreas de campo en Colonia y se mantuvo relativamente tranquilo durante ocho años.
En 1838 se unió a Fructuoso Rivera contra el Presidente Manuel Oribe y dirigió las cargas de caballería que decidieron la suerte del gobierno, en el Palmar del río Negro, Soriano, el 15 de junio de 1838. Inmediatamente sus amigos unitarios asilados en Montevideo le propusieron encabezar un movimiento contra Rosas, con el apoyo de la armada francesa. Lavalle rechazó indignado la colaboración extranjera. El 16 de diciembre de 1838 escribió a un amigo: "Estos hombres, […] quieren transformar las leyes eternas del patriotismo, del honor y del buen sentido." A otro le dice: "¡Dios nos libre de suscitar contra nosotros el espíritu nacional!" Entonces le mandaron 3500 pesos, que Lavalle devolvió ofendido. El halago era el mejor precio. Se sucedieron las cartas y las visitas de aquellos mismos hombres que le habían convencido, diez años atrás, de fusilar a Dorrego.
El 11 de julio de 1839 está en Montevideo; se ciñe la faja de general sobre su uniforme de campaña, con la espada al cinto y llevando en su sombrero la divisa azul y blanca con el lema "libertad o muerte" bordado en oro; se despide de su mujer y sus cuatro hijos. En la legación francesa se encuentra con sus amigos de encendida pluma, los diplomáticos y varios oficiales franceses. A pocos metros, le espera una lancha y a ella se dirige del brazo del oriental Andrés Lamas y el porteño Valentín Alsina.
Luego de una larga espera en Martín García, desembarca en Entre Ríos, arma un ejército de unos 1200 soldados, enganchados con fondos franceses a 27 patacones por cabeza y lanza una proclama:
"¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos! Se engañarían los bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia. Es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de esos monstruos. Muerte, muerte sin piedad... Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión..."
Había olvidado mucho y no había aprendido nada. Pasó un año combatiendo en Corrientes y Entre Ríos, luego desembarcó en la provincia de Buenos Aires. El 5 de septiembre de 1840 está en Merlo, a seis leguas de la ciudad, esperando un levantamiento contra Rosas, pero cae en la cuenta que carece de apoyo en la población. Indignado le escribe a su esposa: "No he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas."
Entonces inicia una larga marcha hacia el norte. Manuel Oribe, nombrado jefe del ejército federal, lo persigue. El 28 de noviembre de 1840, en la posta de Quebracho Herrado, en el extremo oriental de la provincia de Córdoba, Lavalle pierde la mitad de su ejército, pero lograr rehacerse y continúa la guerra, ahora en las provincias del norte, hasta que el 19 de septiembre de 1841 a orillas del río Famaillá, unos cuarenta kilómetros al sur de la ciudad de Tucumán, Oribe lo derrota una vez más. Después de una hora de combate, el menguado ejército de Lavalle se desbanda.
Lo que sigue es la deriva trágica de 200 fugitivos, a los que una serie de sucesos y las plumas unitarias transformaron en leyenda.
El primer cuadro de este epílogo es romántico. Al llegar a Salta conoció a Damasita Boedo una hermosa rubia de 23 años, que lo seguirá en su retirada. Algunas versiones dicen que lo hizo con la intención de vengar a un tío y a un primo, fusilados por Lavalle.
El segundo cuadro es absurdo.
A la dos de la madrugada del 8 de octubre de 1841 "llegan a los aledaños de Jujuy: ya se ven la cúpula y las torres de la Iglesia -cuenta Sábato-. Es la quinta de los Tapiales de Castañeda. […] Lavalle ordena a Pedernera acampar allí. Él, con una pequeña escolta, irá a Jujuy. Buscará una casa donde pasar la noche: está enfermo, se derrumba de cansancio y de fiebre."
Al amanecer Lavalle yace muerto en el interior de la casa que fuera de Elías Bedoya, junto a una enorme puerta de cedro que guardaba la entrada principal, con una bala en la garganta.
La versión oficial evoca una imposible bala perdida que pasó por el ojo de la cerradura, escondiendo la más probable verdad, el suicidio.
El último cuadro está hecho de la tela de las leyendas heroicas. Sus hombres rescatan el cadáver e inician una retirada hacia Bolivia. Es su última cabalgata, dice Sábato, "después de ochocientas leguas de retirada y de derrota, de dos años de desilusión y de muerte. Una columna de ciento setenta y cinco hombres miserables y taciturnos (y una mujer) que galopan hacia el norte, siempre hacia el norte. Dice el coronel Pedernera: Oribe ha jurado mostrar la cabeza del general en la punta de una pica, en la plaza de la Victoria. Eso nunca habrá de suceder, compañeros."
El cadáver se pudre en el camino y sólo salvarán su cabeza. El 22 de octubre de 1841, depositan los restos en la Catedral de Potosí.
La mayoría de los historiadores argentinos, incluso Sábato, el novelista, fascinados por la leyenda, insisten en llamar errores a sus crímenes y se rinden de emoción ante los códigos de honor de aquellos hombres de guerra, códigos que sólo reservan para su casta de pendencieros.
Asesinan sin pudor, violan mujeres y arrasan pueblos, pero luego entregan su espada en gestos elocuentes, rinden honores al enemigo caído y son capaces de cabalgar siete días por las asperezas de la Quebrada de Humahuaca para honrar los restos de su general.