Julia Rodríguez Larreta
Ha pasado un año desde aquel episodio ocurrido en Trinidad, alrededor de una adopción. El periodismo, cumpliendo con su mandato de denunciar ante la opinión pública cualquier cosa que tenga vestigios de injusticia, puso sobre la mesa de manera vívida, el debate que por esos días se daba sobre una reforma al Código de la Niñez y la Adolescencia referida a ese tema. Haciendo uso y abuso de su mayoría, una vez más el partido de gobierno, sin atender ninguno de los reparos o propuestas presentadas por la oposición, le dio media sanción en el Senado y hoy se apresta a hacer lo mismo en Diputados. Nadie puede estar en desacuerdo con la premisa de adelantar los tiempos para estos trámites, ya que hasta su ex director, Víctor Giorgi, reconoció que el INAU solía caer en falta, dejando algunos niños demasiado tiempo en la institución, dificultando así, las posibilidades de adopción. Pero este proyecto de ley tiene otros objetivos. Que el INAU y su burocracia, pasen a tener el control absoluto de las adopciones, acotando el papel de los magistrados, quienes quedarán supeditados a poner la firma al pie del informe del INAU, única institución autorizada a elegir parejas y decidir.
Lo sucedido en Trinidad fue un crudo ejemplo de esa postura. En el INAU se enteraron de que un matrimonio estaba criando un bebé que les había sido entregado por su madre biológica, después de retirarlo de allí, adonde lo había llevado en el primer momento, seguramente, porque prefirió no dejar a su vástago en el anonimato de una organización estatal. Las autoridades entonces presentaron un recurso de amparo y después de que el juez y la fiscal intervinientes en el caso, otorgaran la tenencia a la pareja que ya se estaba haciendo cargo del recién nacido, hasta el sindicato de funcionarios se mostró escandalizado y desde el organismo amenazaron con apelar la resolución.
En esas actitudes, evidentemente, no primaba el bien de la criatura que debe ser el principal interés, ni la voluntad de quien lo había traído al mundo. Parecía no tener importancia alguna, que ya hiciera un tiempo que el bebé estaba al cuidado de una pareja que le daba amor y protección, prefiriendo en cambio, arrancarlo de ese hogar para "institucionalizarlo". O sea, para que pasara a formar parte de la lista de niños en adopción del INAU.
Las palabras dichas por el abogado del instituto que intervino en el asunto, "si el bebé está bien cuidado y bien alimentado, eso no quiere decir que se hayan respetado sus derechos", transpiran un tinte ideológico bastante malsano que también se percibe en la génesis de este proyecto de ley. O tal vez se trate de ese celo mal entendido, sobre el cual la filósofa Hannah Arndt realizara profundas reflexiones, elaborando el concepto de la banalidad del mal. Puede ser el caso del burócrata que desde el encierro de su oficina y de acuerdo a lo que él estima es su deber, es capaz de hacer tremendo daño, sin ni siquiera cuestionarse, convencido como está. Un ejemplo de esta clase de personas y de actitudes se puede apreciar en la excelente película El Lector, sobre la novela del escritor alemán Bernard Schlink, en cartelera por estos días.
Además, con esta ley se aparta e ignora el trabajo desinteresado, voluntario y eficaz que desde hace unos cuarenta años ha realizado el Movimiento Familiar Cristiano. Algunas de cuyas integrantes, por vocación y por amor al prójimo se dedicaron en cuerpo y alma a ayudar a las madres que no deseaban o no se sentían capaces, de criar a su hijo. Lo mismo que a las parejas que deseaban adoptar un niño, ya sea porque no podían tener uno propio o porque aún teniéndolos, estaban dispuestos a brindarle un hogar, al niño o la niña cuya madre biológica, por el motivo que fuere, no podía asumir esa responsabilidad. Tener un hijo no es sólo parirlo, sino también quererlo, alimentarlo, vestirlo y educarlo.
No sólo es inaceptable el más o menos embozado ataque a esta probada ONG con una ley que los aparta, sino que hay otros motivos de preocupación. No habrá en adelante impedimentos para que parejas homosexuales, masculinas, femeninas o de travestis, puedan adoptar legalmente. Siendo la adopción algo complejo y puesto que en general el niño adoptado tiene que lidiar con un conflicto, no parece ni acertado ni sensato, obligarle a enfrentarse a un segundo problema: ser diferentes, no tener un padre y una madre como los demás niños y como lo marca la naturaleza.