Luciano Álvarez
Pedro, a quien la historia conocerá como Abelardo, nació en un castillo de Bretaña en 1079, cuando el florecimiento de las ciudades y el comercio comenzaban a alumbrar profundas transformaciones en la sociedad europea.
Más inclinado al acero de la palabra que al de las armas, renunció a su herencia y a la carrera militar y peregrinó por el Norte de Francia en busca de maestros. Le apasionaba la dialéctica, arte de razonar pero sobre todo arte de discutir, arte de ganar y de perder. Uno de sus maestros, Thierry de Chartres, lo apodó Abelardo ("el que es como una abeja"). Los antiguos comparaban el encanto de un discurso a la dulzura de la miel. Por eso hicieron de la abeja el símbolo de la elocuencia. Pedro bien mereció su apodo.
Tenía veinte años cuando llegó a París y comenzó a estudiar con el más famoso de los maestros: Guillermo de Champeaux. "Parece poco probable que muchos profesores aceptarían hoy enseñar en las condiciones que prevalecían en el siglo XII -dice Barrows Dunham. Los oyentes, si llegaban, escucharían y, a continuación, discutirían con el maestro, aunque había más posibilidades de que vinieran a discutir que a escuchar. Había un riesgo permanente de ser derrotado en una discusión con un alumno presuntuoso pero brillante". Abelardo era ambas cosas.
Como ha sucedido con frecuencia, un tema -a veces de efímera moda- era objeto de sangrientos debates. Con la misma saña que, ocho siglos más tarde, discutirían sobre la correcta lectura del marxismo y el socialismo real, los intelectuales parisinos de aquel entonces estaban apasionados por el debate entre nominalismo y realismo, la llamada cuestión de los "Universales".
Primero como alumno y luego como maestro en competencia por un mercado de estudiantes, Abelardo se enfrentó a Guillermo. Así lo contó en su autobiografía: "Traté de hacer zozobrar o mejor dicho destruir con claras argumentaciones su antigua tesis sobre la comunidad de los universales. Traté de destruirlo a él mismo."
Claro, de eso también se trata. Con más frecuencia de la que quisiéramos, importa más vencer que convencer, puede más el instinto animal de una victoria total sobre el hombre, que la búsqueda de la verdad.
Instalado en la "Montaña Sainte-Geneviève", convertida para los siglos venideros en el centro intelectual de París, Pedro Abelardo, maestro indiscutido de la dialéctica, se quedó con los alumnos de Guillermo.
La próxima fortaleza a tomar era la Teología. Abelardo se dirigió a Laon, para estudiar con Anselmo quien, bajo el lema "la fe en busca de la inteligencia", procuraba articular Razón y Fe. El retrato que nos dejó de Anselmo no puede ser peor: "Me acerqué, pues, a este anciano, al cual un prolongado ejercicio de la enseñanza, más bien que el ingenio o el saber, le había dado renombre. Pues, en verdad, si alguien con dudas sobre algún problema se acercaba a él, al separarse más dudoso se marchaba. Era admirable, por cierto, este hombre a los ojos de los que le escuchaban. Pero era nulo a la vista de quienes le interrogaban sobre cualquier cuestión."
No sólo se enfrentó con Anselmo; también se ganó la inquina de varios compañeros de estudio que se la cobrarían una década más tarde.
En el 1114 está de regreso en París. A sus clases de la escuela catedralicia de Notre-Dame llegan alumnos de toda Europa que le reportan "ganancias y gloria". "Era yo tan famoso entonces y sobresalía tanto por mi elegancia que no tenía temor alguno de ser rechazado por ninguna mujer a la que hubiera dignificado con la oferta de mi amor". Sin embargo la vida galante no estaba en sus prioridades: "La asidua preparación de las labores escolares no me permitía frecuentar la sociedad de mujeres de noble nacimiento; ni tenía casi relaciones con laicas".
Fue entonces cuando Fulberto, un canónigo de la Catedral de París le pidió que educara a una sobrina de sobresalientes dotes intelectuales. Abelardo no sólo aceptó sino que se mudó a su casa.
La sobrina en cuestión se llamaba Eloísa y tenía 14 años, 22 años menos que su maestro. Según sus propias palabras, "ella, que no estaba mal físicamente, era maravillosa por los conocimientos que poseía". Abelardo se propuso enamorarla y pronto sucedió que "más abundantes salían los besos que las sentencias. Muchas más veces, las manos se escurrían a los senos que a los libros". La relación se mantuvo en secreto durante varios años, hasta que Eloísa quedó encinta. Abelardo huyó con su amada y se refugió en su pueblo natal. Allí nació un niño al que bautizaron "Astrolabio". Se casan secretamente, pero Fulberto, enceguecido por el escándalo, logró que unos sirvientes suyos cayeran sobre Abelardo mientras dormía y lo castraron.
Los agresores y el instigador fueron castigados duramente, los amantes decidieron tomar el camino de los hábitos: Eloísa entró a las Benedictinas de Argenteuil y Abelardo al monasterio de Saint Denis.
Para colmo de males, el Concilio de Soissons condenó en 1121 las teorías teológicas de Abelardo; fue obligado a quemar su obra, él mismo y se le prohibió la enseñanza, aunque esta sanción no tendría efectos reales.
Abelardo se retiró al campo y construyó con sus propias manos una cabaña, pero los alumnos le siguieron, de modo que fundó una nueva escuela a la que llamó Parácleto, uno de los nombres del Espíritu Santo. Luego llegó Eloísa, con todas sus monjas.
Desde Parácleto siguió atrayendo multitudes de alumnos y ganándose enemigos; el más notable, Bernardo de Clairvaux, un santo austero y devoto, gran organizador y temible polemista al que llamaban "Mellifluous Doctor" (boca de miel), por su elocuencia. Sin embargo estos dos melifluos doctores no llegarían a enfrentar sus voces. Cuando Bernardo remitió a Roma 19 proposiciones de Abelardo pidiendo su condena, fue hasta escuela del Parácleto, que estaba cerca de Claivaux y le intimó a retractarse. Abelardo le demostró que las proposiciones en cuestión habían sido tergiversadas y propuso, entonces una discusión pública en un sínodo. Pero Bernardo confiaba más en los argumentos del poder que en la dialéctica, se movió políticamente y logró la condena de su rival sin darle oportunidad de argumentar en su defensa.
Abelardo fue condenado a perpetuo silencio como docente, aunque siguió escribiendo. Tenía sesenta años cuando tomó conciencia "que nada puede ser expresado con la suficiente precisión, como para que su significado no sea susceptible de falseamiento".
Encontró refugio en Cluny, cuyo abad era un hombre extraordinario: Pedro el venerable, quien informó a Bernardo que el temido Abelardo estaba bajo su protección y no se abstuvo de amonestar al poderoso abad de Clairvaux: "Realizas los deberes religiosos más difíciles: ayunas, vigilas, sufres; pero no soportas los más fáciles: no amas".
Abelardo murió el 12 de abril de 1142, y Pedro el Venerable le escribió a Eloísa para informarle que su muerte había sido todo lo noble y cristiana que pudiera desearse.