Aníbal Durán Hontou
Araíz de una feliz idea surgida de un notorio empresario rioplatense, quien impuso a varias cámaras empresariales de premiar a empresarios que han hecho de su profesión una verdadera causa pública, se me ocurrió desgranar estas líneas.
La palabra empresario tiene un significado estratégico peculiar cuando se trata de definir el espíritu de una época como la nuestra.
Podría haber cierta coincidencia en definir al empresario como aquella persona que arriesga su dinero, su tiempo y su esfuerzo para construir y poner en marcha una unidad de producción de bienes o servicios que responda a las necesidades de la sociedad y que, como contrapartida, le permita obtener ganancias.
Pero agregaríamos a la definición algún aspecto: la exigencia de que la acción empresaria responda a un espíritu innovador y exhiba una palmaria voluntad de contribuir al progreso y al desarrollo general de la comunidad.
La alternativa que antes se planteaba respecto a si corresponde o no exigirles a los sectores empresariales del ámbito privado que asuman una responsabilidad activa en el esfuerzo por servir a los requerimientos del bien común , ya no es pertinente.
Hoy quienes conducen compañías o empresas del porte que sea, no deben pensar solamente en sus intereses inmediatos.
Por supuesto que también es valor entendido que, cuando una empresa privada llena suficientemente sus propios cometidos particulares, está prestando ya, un claro servicio a la sociedad entera.
Pero agregamos, un empresario que solo se preocupase por evaluar la cuantía de sus ganancias, difícilmente podría subsistir al frente de sus negocios en la compleja realidad de estos tiempos, signados por la interrelación económica, cultural, social, que condiciona la producción o comercialización de bienes y servicios.
Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, manifiesta que los directivos de una empresa deben servir a todas las partes interesadas relacionadas con dicha empresa.
Obviamente esta idea responde a que no solo se es representante de accionistas, sino que se actúa como una suerte de agente fiduciario (se inspira confianza) de todas las partes interesadas en el funcionamiento de una empresa.
De allí que de cara al futuro, se necesita una filosofía de la gestión empresarial basada en valores profesionales y no en la maximización del beneficio.
Es decir, además de preparación para la tarea empresarial, hay que tener aptitud moral para esforzarse al máximo, independientemente de remuneraciones o incentivos adicionales.
Por eso, por más que se estén promulgando en cascada nuevas normas y reglamentaciones buscando paliar la crisis, es perentorio instaurar una responsabilidad integral de largo plazo entre los directivos de los sectores económicos.
En épocas turbulentas hay que contener el huracán pero es más importante aún, no conducirse a ciegas.
De allí que hay que identificar los problemas y modificar nuestras conductas, si es pertinente.
Además de lo expuesto, compete resaltar un aspecto ético insoslayable: la necesidad de contar con empresarios conscientes del valor de su independencia frente a las presiones políticas mezquinas.
Eso sería una garantía de transparencia y seguridad institucional, en definitiva un gran aporte para la sociedad.