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Claudio Fantini
Quizá por la influencia del budismo en la cultura New Age y por su aporte para que el alto mundo empresario combata el stress con la armonía de la meditación, Occidente está consustanciado con la causa tibetana y pone el grito en el cielo cada vez que la represión china se ensaña con los independentistas y los monjes de los templos de Lhasa.
En cambio nada dice cuando los reprimidos son uigures, o sea turkomanos musulmanes descendientes de los tártaros, que llevan décadas reclamando independencia y denunciando la limpieza étnica a la que son sometidos por la etnia Han, mayoritaria en China.
Para los occidentales es familiar el rostro amable del Dalai Lama y su reclamo de libertad para el Tíbet; pero nadie conoce el rostro de Rebiya Kader, la mujer que lidera el Congreso Mundial Uigur. Ella convocó desde el exilio a las manifestaciones que esta semana fueron brutalmente reprimidas por la policía china. La cifra oficial es de 156 muertos, pero desde la masacre de Tiananmén se sabe que, en cuanto a víctimas de la represión, cuando Beijing habla de decenas se trata de centenas, y cuando habla de cientos es porque los muertos son miles.
Esta vez, además de embestida policial, Urumqi, capital de Xinjiang, la más extensa de las provincias chinas, se convirtió en el campo de batalla de una guerra entre las dos razas a las que enfrenta el conflicto.
Desde tiempos inmemoriales, los uigures habitaron el territorio que contiene al vasto desierto de Taklimakán. Hablan su antigua lengua turkomana a la que escriben en alfabeto árabe desde que fueron islamizados en el siglo X. Sus ancestros fueron guerreros feroces que ofrecieron tenaz resistencia a los poderosos ejércitos con que el Imperio Manchú los sometió durante los siglos XVIII y XIX.
Pero no hubo brutalidad ni limpieza étnica en el Estado musulmán independiente que los uigures proclamaron en 1933, con el nombre de República del Turkestán Oriental.
En 1884, los chinos habían anexionado ese país musulmán, llamándolo Xinjiang. Ese nombre prueba la usurpación, ya que Xinjiang es una palabra en mandarín que significa "nuevos territorios". Con sólo dos décadas de recuperada independencia, el Turkestán fue invadido por el Ejército Rojo. Y en 1955, se concretó la nueva anexión, que obligó a muchos a migrar.
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