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El Solís recibió al notable cuarteto Emerson de EE.UU.
ALEXANDER LALUZ
El cuarteto de cuerdas es una de las formaciones instrumentales de cámara que más fascinación han provocado desde haydn hasta el presente. Prueba de fuego para cualquier compositor, su paleta tímbrica, potenciada por la homogeneidad, es una cantera abierta para el diseño de todo tipo de tramas texturales, virtuosos tratamientos contrapuntísticos o juegos con las densidades y colores armónicos. no en vano, compositores como el propio haydn, después beethoven, bartók, berg, y más cerca de nuestro tiempo, el húngaro györgy ligeti, dedicaron sus mejores trabajos creativos a esta formación. Sus obras se han convertido en un marco de referencia obligado, un paradigma de calidad, y el desafío para cualquier conjunto que las aborde.
El Emerson String Quartet tiene esas condiciones ideales para generar una motivadora interacción con este repertorio. Y así lo demostró en su soberbia presentación del pasado miércoles en el teatro Solís, que cerró la primera etapa de la temporada 2009 del Centro Cultural de Música. Un concierto que se destacó tanto por las virtudes técnicas demostradas por el cuarteto estadounidense, como por los contrastes de su programa.
Cualquier presentación -o disco- del Emerson es por sí mismo un gran atractivo, incluso más allá de las obras que interpreten. La afirmación quizás resulte temeraria. Pero el compromiso interpretativo -no sólo se aprecia en que toquen parados, salvo el chelista, para capitalizar la proyección del sonido o en el repertorio habitual de gestos o en otros detalles que sólo tienen valor para algunos pedantes aprendices- que suelen demostrar en sus performances no disminuye ni se acrecienta en función del repertorio. Y eso quedó muy claro en este concierto en Montevideo.
El programa proponía una suerte de viaje por la diversidad. Con el Cuarteto de cuerdas N°1 de Charles Ives, el Emerson situó al público en un mapa de contrastes, tensiones armónicas, multireferencias simbólicas, en las que pulsaban las juveniles inquietudes estéticas del compositor. La interpretación subrayó con refinada técnica esas incipientes exploraciones, como si se trataran ya de una obra maestra. Esta cualidad quedó más que clara en la revisión del conocido y atractivo Cuarteto en fa mayor (1903) de Maurice Ravel, o el magnífico y a la vez intensamente dramático Cuarteto en re menor D810 de Schubert.
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