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REBAR
El Príncipe de Gales me tiene desconcertado: sobre todo, porque a menudo se contradice a sí mismo en varios aspectos. No pudo ocultar su satisfacción cuando comprobó que, en 2008, al par que recibía más dinero de los contribuyentes, debía pagar menos dinero al fisco. Sacando cuentas con su calculadora de plata y su bolígrafo de oro, pudo confirmar que los ingresos que recibe de las arcas públicas ascendieron un 25% en el año fiscal que cerró en abril de 2009 (en números, US$ 4.800.000). Enloqueció de contento, claro.
Pero, poco después de festejar la favorable evolución de sus finanzas y la circunstancia feliz de quedar al día con todos los proveedores, cambió su estado de ánimo y lanzó un dramático mensaje a sus compatriotas exhortándolos a eliminar a las ardillas grises, una especie invasora en Gran Bretaña, aficionada a causar estragos en los bosques y en la industria maderera al roer la corteza de árboles. Con esta petición se ganó el odio de Brigitte Bardot -que hace medio siglo agradecía cuando la apodaban "bestia"- que siempre se mostró dispuesta a defender el derecho a la vida del bicherío, así se tratara de la vaca loca. Es probable que ahora esté del lado del cerdo -como antes lo estuvo respaldando al pollo en ocasión de la gripe aviar- expresando que el origen de la gripe porcina es una chanchada surgida en la ambición desmedida de los hombres, por acumular ganancias inescrupulosas con la venta de una vacuna. No me extrañaría que Charles de Inglaterra tuviera que aguantar un tirón de orejas -buen material ofrece para ello- de algún organismo internacional interesado en la protección del mundo animal.
Fue lo que le pasó días atrás a Obama, a raíz de una "medida extrema" adoptada en medio de una entrevista que le hicieran en un canal de TV de su propio país: transcurría tranquilamente el reportaje, cuando una mosca empezó a volar alrededor del presidente de los Estados Unidos de América (mosca irreverante, si las hay) aterrizando de tanto en tanto sobre el ilustre cráneo, para luego despegar alegremente y reemprender el zumbido de su vuelo molesto.
Fastidiado al máximo, don Barack tomó la heroica decisión de clausurar la existencia del insecto, y continuó contestando preguntas.
No tardó en llegarle la reacción de un grupo de defensa de los animales, adviritiéndole que no debe reincidir en agresiones idénticas o parecidas. Acaso para suavizar un tanto la dureza del rezongo, dispusieron enviarle -envuelto para regalo- un cazamoscas, con el que podrá atrapar, primero, a las moscas, y liberarlas después.
Gentileza que, sin duda, el nuevo inquilino de la Casa Blanca agradecerá en toda su dimensión. Por lo pronto, prometió cazar moscas en sus ratos libres.
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