Al asumir el indefinido papel de primera dama de un país, ellas deben reinventar sus personajes sobre una base legal inexistente que, en cierta forma, las priva de sus vidas anteriores, las exime de obligaciones oficiales y les quita el derecho a recibir remuneración. Las esposas de los jefes de Estado suelen desarrollar actividades paralelas en el terreno de la cultura, la beneficencia y la cooperación al desarrollo, pero cuando exceden estos campos, la mirada de la opinión pública suele condenarlas con firmeza. La situación de las esposas de los monarcas es muy similar. Una mención aparte merece la actitud de los hombres cuando les toca quedar a la sombra de sus esposas.
G. CAÑAS | EL PAÍS DE MADRID
¿Cuál es la función de la Reina? ¿Y la de la esposa del presidente de la República Francesa? ¿Cuál es el rol de la cónyuge del inquilino de la Casa Blanca? La respuesta es sencilla: absolutamente ninguno. En el mismo momento en que sus maridos ascienden a la cima, una ley no escrita condena a sus esposas a convertirse en sus calladas sombras. Michelle Obama ganaba como vicepresidenta del hospital de la Universidad de Chicago 240.000 euros anuales; el doble que su marido. Pero cuando en enero se disponía a mudarse a la Casa Blanca recibió del otro lado del Atlántico un sabio y frustrante consejo. "Que aprenda a tomarle el gusto al asiento de atrás", dijo Cherie Blair, la esposa del ex primer ministro de Reino Unido.
Para entonces, Michelle Obama ya se había definido a sí misma como una simple madre de dos preciosas niñas preocupada por el tipo de país que le iba a ofrecer a sus hijas. El traslado a la Casa Blanca puso fin a sus electrizantes mítines de campaña y a sus opiniones abiertas sobre la política de su país. Y, sin embargo, sigue siendo el centro de todas las miradas y se sospecha que puede jugar un rol importante. Antes que ella desarrollaron un rol relevante Eleonor Roosevelt, Danielle Mitterrand o Diana de Gales y otras mujeres que tuvieron que combinar la discreción con el irresistible atractivo que produce una mujer que puede participar del enorme poder de su marido, como explica Carl Sferrazza Anthony, autor de un exhaustivo trabajo sobre las esposas de los mandatarios estadounidenses.
Todas ellas, y algunas más, son mujeres que tuvieron que reinventar sus personajes sobre una base legal inexistente que las priva de alguna manera de sus vidas anteriores, pero también de obligación oficial alguna y de cualquier tipo de remuneración. En España, frente al amplio papel que la Constitución otorga al Rey, nada se dice de la Reina salvo que puede convertirse en regente en determinadas circunstancias. En Francia ocurre algo similar con la esposa del presidente de la República y en Reino Unido, con el marido de la Reina. Los cónyuges de los primeros ministros o presidentes de gobierno tampoco existen legalmente.
rol. Sólo Estados Unidos se distingue un tanto y aunque no reserva papel legal a la primera dama ni tiene tampoco un estatuto especial para ella, sí publicita en la página web oficial de la Casa Blanca las biografías de las 46 primeras damas habidas hasta el momento y recoge por escrito el orden de importancia protocolaria que deben recibir incluso las viudas de ex presidentes. Fue este país el que acuñó el término de primera dama en 1860 y el que les exige a las que acceden a tal situación que se conviertan en madres y esposas ejemplares para toda la sociedad. Pero también ha sido el que más primeras damas activistas ha generado de los derechos humanos, la igualdad de la mujer o la reforma sanitaria, aunque la prensa prefiera derrochar tinta en sus atuendos y sus problemas sentimentales.
En Europa, las cosas no son muy distintas. El molde es el más tradicional de los posibles. Como bien explican el experto en protocolo Pablo Batlle y el director de la Escuela Diplomática José Antonio Martínez de Villarreal, las esposas de los jefes de Estado suelen desarrollar actividades paralelas en el terreno de la cultura, la beneficencia y la cooperación al desarrollo. Fuera de ello, la mirada de la opinión pública es vigilante y estricta. Cuando la anterior esposa del presidente de la República Francesa, Cecilia Sarkozy, logró que Libia excarcelase a cinco enfermeras búlgaras en julio de 2007, un diputado socialista se preguntó sobre la legitimidad democrática de la misión realizada y los periodistas exigieron las debidas explicaciones al presidente sobre el "heterodoxo" papel jugado por su cónyuge. Nicolas Sarkozy defendió entonces el pragmatismo, pero añadió una frase demoledora: "Se trataba de un problema de mujeres, humanitario".
En efecto, la tradición y el protocolo han dibujado las estrechas lindes del camino de estas mujeres, provengan de la empresa, la abogacía, el periodismo, la música, las finanzas o la diplomacia. Y así, con pequeños retoques a favor de sus gustos personales, todas se mueven en terrenos parecidos. La Reina de España se implica en programas de lucha contra la drogadicción y el Alzheimer y la princesa de Asturias, en actividades que tengan que ver con la educación, las mujeres y los niños, como explica la propia Casa del Rey, donde la Reina dispone de una secretaría propia, pero no la princesa.
Michelle Obama, como ya indica la Casa Blanca, se va a dedicar a temas "cercanos a su corazón" apoyando a las familias de los militares o ayudando a la conciliación de la vida profesional y personal de las mujeres. Carla Bruni-Sarkozy, la actual esposa del presidente francés, ha sido nombrada embajadora del Fondo Mundial contra el Sida, la Malaria y la Tuberculosis. A nivel interno, todas ellas suelen tener una secretaría particular que administra sus agendas sensibles a sus inquietudes personales, pero con gran estrechez de miras. Sin embargo, por mucho que clamen los defensores de la ortodoxia y las tradiciones, sus actos suelen obtener ecos extraordinarios. "Su papel de relaciones públicas es indiscutible", dice Batlle. Ellas pueden influir muy positivamente en la mejora de las relaciones diplomáticas.
Ser consorte no es fácil
La senadora Cristina Fernández solía acompañar en los viajes a su marido cuando éste era presidente de Argentina. Ahora que ella es la presidenta, Néstor Kirchner ha optado por quedarse en casa la mayoría de las veces. Es que el papel de "consorte" genera en la mayoría de los hombres una situación incómoda. En Alemania, por ejemplo, al marido de la canciller Angela Merkel se lo conoce como "el fantasma de la ópera", porque sólo suele acompañarla en público al festival de ópera de Bayreuth. Joachim Sauer es un profesor de química que ni siquiera acudió al Parlamento cuando su esposa fue proclamada canciller, pero, aunque le incomoda sobremanera ejercer el papel de consorte, no pudo esquivar ser el anfitrión rodeado de primeras damas en el 50º aniversario de la Unión Europea, celebrado en Berlín.