Dos en una

Jorge Abbondanza

Primera potencia de Europa y tercera economía del mundo, Alemania festejó en estos días los 60 años de la República Federal. Dentro de seis meses podrá celebrar asimismo los 20 años de su reunificación, que en noviembre de 1989 puso fin a la existencia de los dos Estados alemanes separados por la Guerra Fría. Esos aniversarios serían radiantes si no los estropeara un poco la crisis financiera internacional, cuadro bajo el cual el PBI alemán se achicó un 3,8% en el primer trimestre de este año. A pesar del golpe, la Alemania de hoy no puede quejarse, porque en un territorio 25 veces más reducido que el de China y una población 16 veces menor, ha desarrollado una economía mayor que la del mastodonte asiático. Eso ha ocurrido a partir del portentoso resurgimiento que Alemania emprendió en la posguerra de 1945 y a pesar del lastre que ha significado desde 1989 la incorporación de las empobrecidas provincias del Este.

Que una república alemana cumpla 60 años, permite recordar lo joven que puede ser un viejo país. Cuando Hitler llegó al poder, el Reich alemán apenas tenía 62 años de vida y algo similar sucedía entonces con Italia, que también se había unificado a fines del siglo XIX después de 1.400 años de fragmentación. Cuando perdió la guerra en 1918, la gran Alemania debió renunciar a varios retazos de su territorio, pero cuando fue nuevamente vencida en la otra guerra mundial se le amputaron más regiones que le habían pertenecido históricamente porque Stalin tuvo mucha más energía que Churchill, Attlee, Roosevelt o Truman para dibujar las fronteras de posguerra. Millones de personas de habla alemana emigraron hacia el Oeste para no quedar bajo gobierno polaco o soviético. Aún en el Viejo Mundo los países no han tenido altibajos y además una movilidad geográfica que parece desmentir la antigüedad de sus asentamientos.

En este caso lo que importa no es que la nueva Alemania cumpla 60 años ni su reunificación llegue a 20, sino que lo haya hecho a partir de una Constitución republicana y democrática que parece un gesto redentor a la vista de sus antecedentes, desde el autoritarismo prusiano de Bismarck y los Hohenzollern hasta la vacilante República de Weimar, los desastres financieros de la década del 20, el ascenso del nazismo y la figura embrujadora del Führer, Resucitado de sus cenizas, el Berlín de hoy puede permitirse el lujo de celebrar seis décadas de decoro institucional.

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